AL DÍA
Esos objetores
E l Tribunal Constitucional acaba de reconocer a un farmacéutico de Sevilla el derecho a no dispensar la píldora poscoital acogiéndose a la objeción de conciencia. Uno puede preguntarse si tiene sentido que un farmacéutico se niegue a dispensar un medicamento que no requiere receta por razones de conciencia del propietario de la farmacia y su firmeza en la defensa del derecho a la vida. ¿Debe prevalecer el derecho de conciencia del farmacéutico sobre el del cliente a disponer de un producto legal cuya administración por razones obvias requiere administrarlo en un plazo máximo de 72 horas? Tengo un enorme respeto por los objetores en general que siempre me han parecido unos valientes; gente consecuente, de muy arraigados principios y dispuestos a enfrentarse a la maquinaria estatal con tal de defenderlos.
En su momento la objeción de conciencia fue una causa de exención del servicio militar obligatorio y hubo unos cientos de chavales que hicieron bandera de su pacifismo para no ponerse un uniforme ni empuñar un arma. Otros más pragmáticos recurrimos a la conocida vía de la inutilidad para el servicio que nunca tuvo, ni de lejos, la altura ética de aquellos pioneros de la conciencia antimilitarista. Hay un derecho subjetivo que protege la voluntad de resistir frente a los mandatos de la autoridad cuando contradicen los principios morales, éticos o religiosos. Hasta aquí creo que estamos todos de acuerdo. El problema empieza cuando el objetor en cuestión y el objeto de su insumisión no coinciden con la ideología dominante. No hay más que echar un vistazo a los foros digitales y las redes sociales para comprobar hasta qué punto muchos de los presuntos defensores de la objeción se transforman en inquisidores cuando discrepan del tema objetado. En lugar de florecer argumentos para disentir del Constitucional elevando un poco la dialéctica del debate, te encuentras con una avalancha de descalificaciones al farmacéutico de Sevilla o los catorce objetores de Cataluña. Aquí canta la gallina de la presunta tolerancia social en España y aparece con toda su crudeza el sectarismo nacional. Lo menos que les llaman es talibanes, fundamentalistas y/o fachas. Naturalmente les señalan como opusdeistas y sugieren, tan tolerantes ellos, marcar a las farmacias que objeten. Así que ya sabemos que hay una nueva clase de objetores: los que no soportan la libertad de conciencia de los demás.