AL TRASLUZ
Sin torrijas
P or si algún lector de esta columna aún no se ha dado cuenta, no soy del Barça. En circunstancias normales este dato carecería de importancia, pues tampoco soy esquimal, bombero o campeón de culturismo. Pero los cuatro candidatos a presidir dicho club se han declarado partidarios de que Cataluña se independice de España y han firmado una declaración conjunta al respecto. Ser leonés y culé siempre me ha parecido una excentricidad, como ser de aquí e ir en dromedario al trabajo; poder se puede, pero choca. Vamos, Zapatero, mi mujer y un puñadín más. Pese a dicha firma separatista, sólo Laporta se reconoció partidario de mezclar fútbol y política. Me acordé de Eugenio y su «saben aquel que diu...». También estos cuatro jinetes de Apocalipsis se han mostrado, en un ejercicio de magnanimidad, partidarios de que si se independizan el equipo siga jugando en la liga española. Pues se siente. No puedes abandonar a tu esposa y pedirle que te siga preparando torrijas el día de tu santo, pues te espetará: «Que te las prepare la nueva, o su señora madre». En nuestra liga, como en los bares, está reservado el derecho de admisión; en la de Turulustán, son menos exigentes. Menos mal que enseguida nos van a estrenar Ocho apellidos catalanes y podremos reírnos juntos.
Cae en lo grotesco que partidos de izquierdas puedan declararse nacionalistas, invento del capitalismo de provincias y sus prebostes; tanto como ese centralismo fachoso y faltoso, que llaman «la caverna mediática». En esta tierra admiramos el seny catalán, que en castellano llamamos sentido común.
Resulta incompresible que en muchos medios de comunicación se escriba «las relaciones entre España y Cataluña», como si fuesen países diferentes; hoy por hoy, no lo son. A través de un empleo irresponsable del lenguaje, cuando no capcioso, se ha dañado las raíces compartidas. No van a independizarse, pero si lo hiciesen, entonces, que no nos pidan que les sigamos metiendo goles y mandando torrijas por San Jordi. Sentimos si la liga de Turulustán les queda más a desmano. Por cierto, cuando escribí «esta tierra» estaba incluyendo en ella también a Valladolid. No vayamos a condenar el nacionalismo de barrio, pero caer en otro de escalera.