TRIBUNA
De cantineros y parroquianos
L os 7.000 millones de almas que en el mundo somos, en mayor o menor medida, poseemos una heredada inclinación a salir del templo de todas las virtudes para, solos o en compañía de otros, escapar del entorno familiar con el sano objeto de ejercitarnos en los placeres de la libación compartida con ajenos; un acto, llamémosle social, ejercitado principalmente en la preocupante Europa. En especial, por ejemplo: en Italia, Francia, Grecia, Portugal, Irlanda y, no podía ser menos, en España. ¿No tendrá relación con la normativa de austeridad económica impuesta por Frau Merkel? El caso es llevar la contraria a quienes dictan normas. Los alemanes salen los viernes en grupos de matrimonios con nocturnidad y premeditación etílica. «Hoy la cogemos». Y la cogen. De lunes a viernes tarde, arbait, arbait, arbait (trabajo, trabajo, trabajo); sábados deporte para eliminar toxinas; los domingos se dedican a los culebrones del momento, casi tan interesantes como los hispanos. En el norte, los noruegos por ejemplo, tampoco andan por ahí bebiendo a tontas y a locas. Casi entronizado en lugar principal del pisito, miman un alambique de cobre donde destilan el aqua vitae y se entregan al alcohol (aromatizado o no) capitulando ante el agua de vida sin remilgos. Son muchas las coronas a pagar por un vaso de vino en lugares públicos. Además, con horarios restringidos.
En «mi querida España, esta España mía, esta España nuestra», aquí mismo, en esta ciudad y su alfoz, los métodos de colocación distan mucho de los países anteriormente citados. Lo usual es el alterne itinerante y diario en sesiones de mañana y tarde. La crisis, en el templo de las virtudes.
«¿Por qué tienes que salir por ahí, si tienes cervezas o vino en casa, que es más barato?», suele decirle la mujer al marido. O viceversa, aunque en menor proporción.
En cuanto a los protagonistas de la repetida historia, cantineros y parroquianos los hay de muy diversa condición. A). Los cantineros pueden ser gente afable y correcta. Profesionales al fin. Otros, desabridos, huraños y malencarados. Como aquel escritor que se enfadaba mucho cada vez que vendía un libro muy trabajado. «Un año y medio de esfuerzo escribiendo la novela con amargos sudores, para que vaya un listo y la compre por veinte euros. No hay derecho». Sí, a ese tipo de taberneros parece que les ofende que hayan escogido su figón para tomar una caña. Por supuesto, la sirven sin haber saludado previamente; sin pronunciar la palabra adiós cuando el sufridor decide marchar para seguir la ronda. Es posible que sea el mismo mesonero que ha sustituido la cadena deteriorada de la cisterna por una cuerda de aspecto y realidad pringosa. También contamos con dicharacheros y correveidiles. Los peores.
B). Parroquianos. Igualmente hay para todos los gustos y disgustos. A saber: el solitario y callado que no da un ruido (una joya), y bebe pensando en la apabardas, paga y marcha; el matrimonio de edad que permanece tres horas y cuarto tomando café sin dirigirse la palabra; el listo que sabe de fútbol más que nadie, e intenta imponer su criterio a voces ante un fuera de juego dudoso; el que atesora los dos periódicos locales (uno debajo de otro) y, lentamente, lee hasta el staff de los rotativos; los que, ya ajumados, entonan la bonita canción que lleva por título A la luz del cigarro voy al molinooo…
Todos insoportables a excepción del solitario de las apabardas.