EL BAILE DEL AHORCADO
Versión absoluta
La única razón del periodismo es intentar mostrar las sombras de la realidad. No siempre se consigue, pero a veces... Por eso me sorprende la cantidad de colegas que han salido en defensa de la web del Ayuntamiento de Madrid, esa que se intitula Versión Original. ¿A qué orígenes hay que volver? ¿a los de la arcadia del pensamiento único? Comencemos por los principios. Porque hace falta ser ingenuo o estar cegado por la ideología para aplaudir mientras te ponen la letra escarlata ¿Qué será lo próximo? ¿Dar carnets de limpieza profesional?
Ni siquiera hace falta ser cínico. Para eso se necesita estar en el mundo, pisar la realidad, superar la nebulosa de las ideas, que siempre son absolutamente inocentes hasta que tropiezan con la realidad y se mancillan. Basta con tener un poco de sentido común. Yo tomo decisiones cada día porque la vida es una dialéctica personal constante. Hay momentos en los que me gusto más que en otros y en los medios también existe esa tensión. Pero la vida nunca es inmaculada y, sí, hay que mancharse, y para eso a veces hay que ser prudente y otras, valiente.
El poder miente porque siempre se corrompe. La desinformación es su arma para perpetuarse. Todo es una lucha de intereses pero en ocasiones gana la libertad. En eso consiste la democracia, en la batalla entre poder y contrapoderes. No puede, no debe haber una versión original, porque la realidad tiene millones de facetas y todas ellas juegan su papel en este drama.
Hay periodistas que defienden a Carmena atacando al PP. ¿Desde cuándo nuestro papel se basa en amparar al poder? Aquí lo que está en juego es la libertad, de información y opinión, sin la que —os ciega la hemiplejia ideológica del sectarismo— ninguna idea vale nada. Nuestro papel es el de la sospecha. Sí, es verdad que hay periodistas vendidos, periodistas cobardes y otros inanes. Son características humanas y nosotros, creo, no hemos nacido sin mácula. Pero todos conocemos a profesionales decentes y a muchos que se juegan la vida, a pesar de todo. Y sí, los accionistas de una empresa, y las empresas de comunicación no son una excepción, también tienen sus intereses y sus miserias. Pero lo que de verdad me da miedo son los que se creen en el deber de salvarme, los puros, porque la pureza siempre es fascista. A mí, los únicos que pueden ponerme la letra escarlata son los lectores.