Diario de León

TRIBUNA

Hay algo que tenía que decirte

Publicado por
MANUEL ARIAS BLANCO profesor de Enseñanza Secundaria
León

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L os vecinos de Angrois —parece que fue ayer y han pasado justamente dos años—, nos han dado una lección de vida trascendental, impagable. Somos así. De repente, nos ponen en situación límite y salimos airosos, con la mejor cara, aunque en frío nos parezca difícil meterse en harina. Pero lo haríamos. Seguro. Lo haríamos, como lo demuestra la entereza del barrio de Angrois.

Al hilo de esta situación límite tenemos una lección diaria que no la estudiamos. Es el afecto interesado a quienes están a nuestro lado. Nos cuesta un riñón mostrar amor explícito a nuestros cónyuges, a los nuestros y pasamos de manera fría por un comportamiento neutro, en espera de no sé qué. No se sabe. Mañana será tarde. Mañana no tendremos tiempo de manifestar todo el amor acumulado y nos iremos de aquí con esa insatisfacción supina. Por eso, ese algo que tenemos que decir hay que decirlo ya. Hay que expresarlo cuanto antes y repetidamente y no esperar a mejor tiempo, porque el tiempo no llegará. O llegará tarde.

De noche, al acostarnos, en esos momentos de insomnio, nos parece fácil dar ese paso de entrega y amor, pero llega la mañana, llega el sol, y se disuelve como la niebla. Y volvemos a empezar. De noche ha nacido un nuevo mundo fabricado entre las sábanas. Pero el día lo ha diluido del todo. Y pensamos en mañana. Ocurre como con los propósitos que nos inventamos cada verano. Quedan en el limbo de los sueños. Así se nos pasan los días y los veranos y solo el recuerdo de un antiguo propósito nos llena de vacío y desgana.

Quizá la educación recibida tiene mucha culpa en este retraimiento de la sensibilidad natural. Hasta hace no mucho el qué dirán y las habladurías nos quitaban el sueño y la espontaneidad. Como si estuviéramos interpretando para un público necesitado de argumentos. Y nos retraemos. Tapamos nuestros sentimientos con fingidas actuaciones. Y así nos luce el pelo. Vamos perdiendo la esencia del amor a cambio de una interpretación al gusto de la gente. ¿Hasta cuándo? Tal vez otra generación pondrá las cosas en su sitio y sabrá valorar el derroche afectuoso que supone la convivencia diaria. Ese día habremos recuperado parte de la esencia del ser humano, ese día empezaremos a ser un poco más felices.

Debería salir de nosotros, sin necesidad de recurrir a los sueños de la noche, la mejor reserva de nuestros sentimientos. Da envidia sana observar el desinteresado amor que algunos se manifiestan sin que pase nada raro, como lo más natural de la vida. Pero otros muchos se quedan con esa carga dentro, con esa emoción contenida que apenas se deja entrever a cuentagotas. ¿Por qué? Quizá sea propio de la condición humana, aunque un esfuerzo íntimo nos ayudaría a mostrar tanto afecto antes de que sea tarde. ¿Por qué nos empeñamos en llevarnos todo ese sentimiento para el más allá? No parece que tenga sentido tanto silencio mascado entre los sueños de las sábanas. No parece el mejor camino para hacer felices a los demás, sobre todo a los nuestros. Ni siquiera nos es rentable a beneficio propio. Cuando nos damos estamos recibiendo sin querer mucho más. Ojalá no quede en el desván de los sueños toda esa sensibilidad que aflora nuestro talante natural. Ojalá seamos más generosos desde ahora y no desde mañana.

Con el deslumbramiento del aparatoso accidente ferroviario todos hemos muerto un poco. Pero todavía estamos a tiempo de subirnos al tren de la vida si somos capaces de mostrar sin careta la ternura que rebosa en nuestro interior. Se lo debemos a los vecinos de Angrois. Ahora, que está imponiéndose el verano y llegan las mayores desavenencias entre las personas, puede que nos venga bien coger de unavez el toro por los cuernos y brindar sin tapujos por una mayor cercanía con los que están a nuestro alrededor. La lección está dada. Solo hay que apuntarse y no nos cuesta nada.

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