Diario de León
Álvaro Caballero
León

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Aquel julio que fui Álvaro Pino con una chapa de Kas, después de verle subir por San Isidro en la etapa que ganó Charlie Mottet, se quemó Pico Cueto una tarde de tormenta. No recuerdo siquiera qué año era, pero no se me ha borrado nunca que nos dejó toda la noche sentados con la espalda apoyada en la pared y los ojos arrasados por el fuego del monte. Era como ver a una oruga ardiente que se arrastraba por los pinares ladera abajo. Jugábamos a pisar las pavesas que traía el viento y mi padre no paraba de repetir que como tirara de noroeste no habría quien lo parara, mientras revivía cuando vio de niño cómo se quemaba su casa por un rayo que se coló por el triángulo de los cables eléctricos, la tarde en la que todo el mundo andaba en la romería de San Antonio. No me ha abandonado nunca ese fuego que resucita cada vez que hay una noticia envuelta en llamas.

El fuego se enciende otra vez avivado por las quejas de los vecinos de Quintana del Castillo debido a la gestión de la Junta y por la polémica de las brigadas contra incendios, que reclaman el reconocimiento de su categoría profesional y el asentamiento de unas condiciones salariales y laborales acordes al trabajo que desarrollan. En la lucha, la ministra de Agricultura, Ganadería y Medio Ambiente, Isabel García Tejerina, lejos de escucharlos ha intentado minimizar su labor, como si fueran secundarios que se pasan a la siesta la mayor parte del año; vamos, como la mayoría de los cargos institucionales de su ministerio, pero con diez veces menos de sueldo. Una falta de respeto que parte de la ignorancia de lo que supone el trabajo no sólo de extinción, sino de prevención en el monte. Desbroces, limpiezas, podas, entresacas... Tajos que no son exclusivos de este grupo de empleados públicos, sino que también corresponden a decenas de rapaces a los que las contratas pagan apenas 700 euros por jornadas interminables, de sol a sol, en veranos de 40 grados a la sombra, y listos para que, si salta la alarma, tengan que meterse en medio de un incendio a ayudar con poco más que el mono y dos cojones. Les he visto llegar negros hasta los ojos a las cinco de la mañana después de sofocar las llamas, meterse de una sentada medio barril de cerveza para mitigar el sabor humo de la boca y echarse a dormir dos horas para levantarse a la mañana siguiente a seguir con la tarea. Chavales como mi amigo Foxter, al que acaban de trasplantar dos pulmones para que tiren de ese corazón grande y aproveche la oportunidad de vivir. Guajes que se queman para que los demás veamos el fuego desde lejos.

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