PANORAMA
Los pilares
L a legitimidad de origen de este régimen político es poco dudosa. A la muerte del dictador, la voluntad de una conciliación plena entre todos los actores políticos que no reabriera las heridas de la guerra civil sino al contrario, sirviera para cerrarlas definitivamente, era explícita y masiva. Está en las hemerotecas, en las bibliografías, en los ensayos de la época. El Partido Comunista, que entonces representaba mejor que nadie la España de los perdedores, hizo alardes de generosidad y puso todo su empeño en evitar cualesquiera motivos de discordia que pudieran entorpecer aquel reencuentro que había durado casi cuarenta años.
Sobre aquellos mimbres, gestionados con inteligencia y dedicación por el rey Juan Carlos, Adolfo Suárez y una larguísima lista de personas provenientes de la política y de los más variados escalafones y especialidades sociales, se erigió la Constitución de 1978, asentada sobre un consenso espontáneo y sin concesión a los tópicos. Hubo que arrancar uno a uno los acuerdos durante largas noches de insomnio de los legisladores hasta conseguirse un texto aceptado por todos: moderados provenientes de la dictadura, partidos del exilio, formaciones surgidas aquí contra el franquismo, nacionalistas periféricos, etcétera.
La construcción del enemigo exterior ha sido el artificio ideado por Mas para justificar el desgobierno interno, para desviar la atención de los episodios de corrupción, gravísimos, que se iban conociendo y que terminaron envolviendo a toda la familia del paterfamilias, el patriarca Jordi Pujol. Pero aquel edificio fundacional, equiparable a cualquiera de las grandes constituciones europeas y americanas, no cede fácilmente y está dispuesto a resistir todos los embates. Pese a los efectos también perturbadores de la crisis sobre el planisferio político y el mapa de partidos, PP y PSOE, que han conseguido mantener con dificultad su eminencia, siguen siendo las cuadernas maestras del sistema. Es grato comprobar que, pese a la pésima relación entre ambas formaciones, entre cuyos líderes no existe la menor química, las dos fuerzas políticas acaban de sacar adelante sin vacilaciones la ley de Seguridad Nacional que, en efecto, como teme el diputado Tardá, sirve para contener cualquier veleidad ilegal de este provincianismo moderno catalán que tanto se asemeja al que denunció Unamuno como una de las causas de nuestra histórica postración.
Este bloque constitucional ya es el monolito que compendia y afirma nuestra llegada a la modernidad política. Su provecta edad hace aconsejable una pronta modernización y puesta al día. Pero que nadie crea que este impagable patrimonio, como la Constitución norteamericana o la tradición británica, puede ser echado por la borda de la historia. Los aprendices de brujo como Artur Mas lo tenían que haber pensado mejor antes de estrellarse contra el muro inflexible de la legitimidad.