Diario de León
Publicado por
ALFONSO GARCÍA
León

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L a mitología popular leonesa, entroncada en buena medida con los sentimientos universales, es poco conocida, aunque aún alientan deseos secretos en, por ejemplo, esas manos de Uriarte frente a la catedral, desgastadas o brillantes por tantas peticiones silenciosas de visitantes o locales que inician en ellas el peregrinaje del rito que conduce a la consecución de lo que esperan. Esa es otra historia sobre la que algún día me gustaría escribir detenidamente. La irracionalidad y la creencia forman parte irrenunciable de la condición humana, pues también en ellas se instala la esperanza bajo diversos ropajes. Cambian tiempos, permanecen aspiraciones y sueños.

El deseo y el rito de la fertilidad no podían faltar a esta cita, puesto que en realidad se trata de una de las referencias históricas de mayor importancia en todas las culturas, teniendo en cuenta, como advierte Juan Eduardo Cirlot, «que todo rito es una cita, es decir, una confluencia de fuerzas y de ordenaciones; su sentido surge de la acumulación y de la combinación de esos poderes concertados». De ahí que las acciones para conseguir el embarazo fueran múltiples, como podemos comprobar en prácticamente todas las culturas, a veces con manifestaciones extrañas y curiosas, cuando no arriesgadas. Eso sí, el baño en algunas playas es una constante bastante habitual: se recomienda ir adentrándose en el agua hasta recibir sobre el vientre el romper de nueve olas que harán fecunda a la interesada. La tradición gallega es muy rica en este sentido; Pemón Bouzas, y es un ejemplo, habla del «ritual de fecundidad de las nueve olas en la playa de Areamean» en su novela La voz del viento.

Curiosamente, en la tradición leonesa del rito de la fertilidad también se alude a los baños marinos, aunque no se habla de olas, sino de siete baños. Siete. Al margen de ciertas prácticas religiosas —iglesia del Mercado, convento de las Clarisas o ante las vírgenes embarazadas de la catedral o San Isidoro—, a las que se unieron otras, paganas, la recomendación de los siete baños era para un rinconín de la playa gijonesa de San Lorenzo, prácticamente bajo el amparo de la iglesia de San Pedro, y, sobre todo, de las termas romanas de Campo Valdés, esas termas pompeyanas del siglo II a. C., puestas en valor no hace tanto y muy frecuentadas, teniendo en cuenta que esta ciudad era uno de los puertos romanos más importantes en la ruta marítima del Cantábrico. Posiblemente en ese rinconín, y dicen que los romanos lo sabían muy bien, el agua está más caliente. Sea como fuere, siete baños, sin especificar más. Los números simbólicos –y este es el bíblico más conocido- no indican una cantidad, sino una idea, un mensaje distinto a él, que lo supera y lo desborda. El siete representa la perfección. No estaría mal, con o sin rito, hacerle caso. Siete, una semana en la playa de los leoneses. Agosto lo pone en evidencia.

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