Diario de León
Publicado por
MARÍA J. MUÑIZ
León

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E ste no es un país de pícaros. Es, en todo caso, un país con pícaros. Como todos. Y no hay sociedad con pícaros que no acabe cultivando un huerto de afines al choriceo, bien sea por acción o por omisión. El trapicheo acaba despertando en algunos un oscuro cosquilleo de admiración, aunque son los menos. En otros muchos produce el escozor de la crítica y la repulsa. En teoría en la mayoría, se supone. Pero no es verdad. En la mayoría lo que se propaga es la peste del mal menor, de la consideración generalizada de que esto es lo que hay, y punto; y en todo caso de que, puestos a caciquear, que sean de los nuestros y nos arreglen las calles del pueblo.

No lo digo yo. Lo ratifican sesudos estudios de varios investigadores universitarios. Estupefactos ante la evidencia de que por más embadurnados que anden algunos políticos en casos de corruptelas o corrupciones de marca mayor siguen arrasando en las urnas, han pretendido diseccionar la mente, el corazón y la barriga del votante en busca del insondable misterio del clientelismo o el borreguismo. Porque a estas alturas de la partida judicial ya no cabe alegar ignorancia. Si acaso, abnegación de penitente vocacional.

Las conclusiones son tan difusas e interpretables como el peso de las campañas electorales sobre el voto. En resumen, votamos a los nuestros, aunque ya no estemos seguros de quiénes son ni de a quién disparan; hacemos tabla rasa de la calidad de la clase política, con el riesgo que implica la generalización; y sobre todo no estamos dispuestos a creer lo que no nos conviene. Aunque la tarta de nata nos estalle en la cara, nunca confesaremos haber visto al payaso.

La cuestión parece clara en sus bases: votamos a nuestro corrupto de turno porque ha sabido hacer las obras que reclamaba nuestro pueblo (dame pan y llámame perro); creemos lo que queremos creer (es el ‘ruido’, siempre es más rentable electoralmente para un partido negar las acusaciones al pillado con las manos en la masa que reconocer culpabilidades y ejecutar responsabilidades); y hay que estar con los nuestros. Es lo que los estudiosos llaman el ‘cinismo’ del votante. Nuestro partido tiene corruptos, pero los otros también, así que para qué cambiar.

Como ocurre con muchos estudios, la actualidad atropella las meditadas conclusiones. Muchos corruptos han sido de nuevo elegidos. Pero muchos otros ya no, quizá para su propia sorpresa. ¿Es este un país de pícaros? ¿O no tanto?

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