MARINERO DE RÍO
Los veranos de León
C omo lo que nos sobran son edades de oro y tanta memoria que no sabemos qué hacer con ella (¿para cuándo un Centro de Interpretación del Andancio Leonés?, pregunto), aportemos también a ese fardel de las nostalgias que hubo aquí veranos gloriosos con gente y gente que cada principio de julio acudía a pasar, no un par de días, sino dos, tres meses completos en una ruralidad invadida de alpargatas y guayaberas, y de guajes de ciudad que saltaban de los seiscientos y supermirafioris encantados de tener por delante la perspectiva de un completo asilvestramiento. Eran los veranos de León, todo un soleado capítulo de nuestras vidas, digno tema de tesis doctoral por la revolución humana que cada año experimentaban unos pueblos enflaquecidos el resto del tiempo –aunque no tanto como hoy- y a los que el calor hacía florecer de nuevo. Y de qué manera. La mucha juventud emigrante en Asturias, Madrid o País Vasco regresaba con su encantada descendencia, asturianos que no tenían hilazón alguna con la aldea alquilaban casa y hacían cola de buen humor ante el único teléfono público sin saber de coberturas ni guasaps, y los sobrinos o cuñados de los vecinos con labor ayudaban a la hierba o a traer alpacas o a conducir ese ganado que todavía inundaba las calles y que no era aún la fábula de Samaniego que se nos antoja hoy. Meses de porrón y cangrejada, de arroz con codornices y partidas de bar, de sopas comidas a la fresca, de veranear de otro modo, quizá más humano, más sencillo y más fraterno.
Las riberas rebosaban de personal a las truchas y a los baños de río, con sus villas señeras trepidando en locales nocturnos que hicieron historia, la Montaña esperando cerrar las tenadas para ponerse a disposición del foráneo, los páramos recorridos de trillos y bicicletas... lo antiguo y lo moderno conviviendo sin mucho codazo hasta que todo se vino abajo: al destrozo de la arquitectura tradicional y al evaporarse de los últimos trabajos comunales se unió la avaricia de algunos lugares con mucho potencial desaprovechado al elevar alquileres y desaliñar rincones. Crisis y búsqueda de lugares más cool harían el resto.
—Antes íbamos al caño a charlar horas y horas.
—Ahora los chavales van junto al ayuntamiento.
—¿Y eso?
—Porque es donde pillan wifi .