HOJASDE CHOPO
Cosas del ‘jin’ tonic
N o se preocupen por lo del jin . Es una muestra más de las actividades chic que van apareciendo en oleadas temporales. Será, como tantas, moda pasajera. Una pose. Una llamada in . Un rito. Necesitamos ritos porque hasta validan ciertas formas de inserción social, con su carga de pijería a veces, en no pocas como testimonio de estar al día sobre los pequeños placeres de la vida, lo que lleva a beberlo con la lentitud sagrada que exige la definición del gusto, la adivinación misteriosa del retrogusto y la detección sabia de sus componentes que traen a la memoria geografías exóticas. «El gin tonic —dice uno— es un largo viaje que nos proporciona el equilibrio condensado de multitud de sabores y sensaciones que llegan desde los lugares más curiosos». Otro, menos retórico y pedante, sonríe con retranca: «Sí, sobre todo a partir del tercero empieza el viaje fantástico».
Nada nuevo bajo el sol, aunque estos asuntos placenteros den un poco de brillo a la vida. No otra cosa es más que una prolongación del vino y sus circunstancias rituales: copas, paladeos, gestos ensimismados de búsqueda aparente de sabores arcanos escondidos seguramente en los movimientos rítmicamente circulares a que se somete el néctar divino en cristal preciso. Algo que está ocurriendo igualmente con las cervezas, que ganan terreno, especialmente las artesanales y «de autor». Es curioso que algunas de las grandes y afamadas productoras enseñen cómo exprimir su auténtico sabor: labio superior ligeramente embocado en la copa —la espuma remanente será testigo—, lengua en tal posición, mantenimiento del líquido durante tantos segundos y, zas, ingesta rápida. «Notarán ustedes entonces…», explica el maestro de ceremonias. Sin tal figura y sin rituales, al menos conocidos, y de alcance apenas duradero, fue el asunto del agua. De las aguas que llenaron cartas —y precios de aquí te espero— para grupos generacionales que querían reafirmar una vida saludable, pero cara. Duró poco.
Volvemos al gin tonic. Proliferan anuncios de las más diversas tónicas y ginebras, sobre todo en papel cuché, con los más diversos componentes individuales —fresa, cardamomo, pepino, pétalos de rosas, espuma, enebro…—, las puestas a punto de la mezcla, con limas y limones sonoros y el deslizamiento del agua tónica por el largo trayecto de la cuchara de mezclar, lo justo, y sus infinitas propiedades benefactoras: antitérmicas, analgésicas, antipalúdicas… «Se trata —leo en una revista africana— de la manera más sofisticada, moderna y apetecible de evitar la malaria». Para qué la vacuna recientemente autorizada por la EMA. Para qué el Malarone si el gin tonic es «la forma más ‘chic’ de evitar el paludismo», me dice un conocido que trabaja en el país africano de una de cuyas revistas copio el entrecomillado. Sabía que esta bebida mágica y de moda era milagrosa. Pero no tanto. Habrá que tenerlo en cuenta.