TRIBUNA
Estaciones, mercados y gastrobares

E l hoy llamado hostelero siempre estuvo atento a las últimas tendencias del pueblo (ahora se cita mucho la palabra «tendencias»), con el justo fin de atender una demanda variopinta, cambiante, caprichosa y en aumento. Al menos en España, contemplando solamente la actividad desde la Edad Media, más o menos, muchos han sido los nombres utilizados para denominar esos centros cívicos, esos templos de todas las virtudes donde se reunían hombres huyendo de sus hogares en busca de soledad compartida, vino, alguna que otra vianda, u otras apetencias no citables en horarios infantiles. También para hacer política o, al menos, poner a caldo al gobierno de turno. Propicios lugares para subvertir, en torno al morapio y el escabeche.
Primero, tales establecimientos dieron en llamarse cantinas (en Italia). Pronto el título llegó a España, seguido del de tascas, tabernas, figones, cafés, casas de comidas, bares (copiado de los norteamericanos), bares-restaurantes, cafeterías y cervecerías, entre otros epítetos. Después, imitando las prisas del amigo yanqui, snacks (comer y beber deprisa y corriendo). Más tarde, los finísimos lounges para gentes no menos finas y, finalmente, arrasando, los gastrobares. El gastrobar arrasa. Tanto, que incluso ciertos organismos públicos, según tengo entendido, van a remozar y remodelar algún decrépito edificio de su propiedad para trocarlos en multigastrobares. Hablo de una ciudad, León, donde a la vista de las últimas estadísticas existen 1.319 bares, restaurantes aparte. Algunos, cerrando. Como el emblemático Casa Morán (Pícara Justina), un primitivo «gastrobar» en el que todos los jóvenes, hoy abuelos o casi, se deleitaran en tiempos con sus famosos bocadillos de mejillones o anchoas. Y tinto con gas. Una pena.
Leo con inquietante sorpresa que Adif, Administrador de Infraestructuras Ferroviarias, dependiente del Ministerio de Fomento, va a convertir la histórica Estación del Norte en una aglomeración comercial del último invento hostelero. Hombre… reconozco que su marquesina no es como la de Canfranc en Huesca, ni la del Quai d’Orsay a orillas del Sena (museo desde hace muchos años), pero nuestra vieja estación aún mantiene un estilo afrancesado con muestras del secesionismo vienés. ¡Toma! Humilde, pero digna. ¿Es que no han encontrado otros fines más adecuados para unas instalaciones que trajeron la modernidad y el progreso a León en 1863? ¿Quién pagará remozamientos y remodelaciones? O sea.
El mismo peligroso rumor corre con el Mercado de Abastos de la Plaza del Conde: más gastrobares, más bares de copas, al estilo del de San Miguel en el Madrid castizo. Mas, en Madrid «hay gente pa to». No se han acordado del Mercado de la Paz en la propia capital, o La Boquería en Barcelona. Siguen ejerciendo su actividad y se han convertido en obligados centros turísticos.
Caso de que no sea viable su permanencia como zoco de alimentación, ¿nadie ha pensado en dejar expedita la hermosa Plaza del Conde, y que vuelva a sus orígenes como patio de armas del palacio del mismo nombre? No sé yo…