TRIBUNA
Fantasía, realidad y mito

E El atardecer en León tenía algo rojo de vermut inmenso afuera, pero dentro, allí dentro del claustro interior de San Isidoro donde Luis Alberto de Cuenca —inteligencia superior, sensibilidad exquisita, voz hipnótica y el pelo atirantado peinado todo hacia atrás, hacia el pasado— leía sus viejos poemas novísimos así, mientras conferenciaba sobre la importancia del mito para comprender lo humano, hasta las piedras románicas firmadas por los siglos parecían rebrillar con el brillo de lo nuevo.
Fue la primera parte del colofón —luego Marta y Micó, ese dúo catalán que funciona como un bandoneón porteño, como una máquina de hacer desinfectante tristeza, cantaron con guitarra virtuosa y con voz arrastrada tangos en el Gran Café de la calle Cervantes— del iluminador curso de verano Fantasía, realidad y mito en la literatura organizado por la Universidad de León y dirigido por el gongorino profesor Juan Matas el cual, como se proponía, nos dejó la mente abierta de par en par y el alma en suspensión y la luz de un flexo encendida al fondo de nuestros corazones.
Son cosas que suceden para ser recordadas.
Es la cultura de verdad.
Es la inteligencia que nos indica el camino y que nos lleva o, al menos, intenta llevarnos; la inteligencia tan parecida siempre a un carruaje tirado por caballos que se yerguen por motivos casi estéticos.
En efecto en estos tiempos nuestros en los que la carestía promueve el egoísmo cuartelero, en los que aprovechando la confusión la cultura parece una guerra en la cual cada uno se inventa su propio uniforme y se pone las condecoraciones a sí mismo, escuchar a los sabios, como coger el sueño, parece ser algo pasivo pero en realidad es pura acción y, de hecho, se trata de un ejercicio que se hace siempre con las manos.
Escuchar a los sabios es rellenarse de algo invisible y perdurable que nos pone en sintonía con la historia universal de lo que de verdad importa.
Escuchamos de hecho con las manos abiertas porque la sabiduría es eso, una ceremonia de la generosidad, un sabio de ojos brillantes como velas de fiesta judía, y con el pelo entrecano como plateado de tanta magia, y con el rostro agitanado de Lorca maduro, como Luis Alberto de Cuenca que nos habla así, abriendo las manos en ofrenda como diciendo sin decirlo: nada pueden ofrecer mis manos que no hayan recibido antes…
La sabiduría, esa mujer fecunda con la tripa en pico, estuvo ayer en León de la mano de Luis Alberto de Cuenca. Gracias.