CUERPO A TIERRA
Melendis por un instante
L o excepcional se admira o se disculpa. No tiene por lo común término medio. Para los clásicos griegos, la virtud estaba en ese justo medio pero reconozcamos que los excesos son más divertidos. «Todo lo que me gusta, está prohibido, es pecado o engorda», sostenía el refrán ochentero. Es el irrefrenable atractivo de la tentación, que siempre vive arriba antes de nada. Porque el primer pecado consiste en imaginar el pecado. Qué falta de anchura de miras, pienso ahora, tuvo Jehová cuando le dictó a Moisés las Tablas de la Ley: con una ampliación del noveno mandamiento, desciñéndolo del deseo impuro, se habría ahorrado la mayoría de los otros.
Al menos los de quienes tienen vocación de bocachanclas: «no te consentirás pensamientos»… y así no meterás la pata. Porque menuda racha llevamos por estos lares. Un cura trabucaire arremete contra los gays, un representante de la patronal pide que los trabajadores paguen por ser despedidos, varios internautas airados hacen apología del asesinato político. Si no encabezamos el campeonato regular de despropósitos, que es la Liga de las tonterías, al menos estamos en semifinales del torneo del KO, que es la Copa del Rey. A menos que a los gestores privados del agua —no consta— les haya dado por poner tubos de plomo en la traída, que según algunos historiadores fue la causa de la decadencia del imperio romano, va a ser otra cosa, como el cáliz de Doña Urraca, que se me olvidaba. Afirmaciones tan excepcionales como las citadas no pueden ser motivo de admiración desde la cordura, así que a las almas benévolas no nos dejan más vía que la de la absolución cívica.
Todos somos dos o más. Con nuestra cara A y nuestra cara B, a veces con tantos cortes como un viejo LP. Y luego están las circunstancias. Un día bueno o malo puede mostrar tras nuestro haz un envés rebelde, levantisco de notoriedad, desconocido hasta para nuestro lado oscuro.
Todos hemos sido alguna vez melendis por un instante. Y el que no haya cometido un error, que tire la primera piedra. El mínimo elemental de humanidad que viene de serie en todo ser humano comprende esto y puede, si no ignorar, al menos disculpar el error aislado. El problema es cuando se hace del error costumbre. La insistencia en Luzbel, que diría el poeta Francisco Brines.