Diario de León
Publicado por
GONZALO UGIDOS
León

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L a Historia tiene una imaginación limitada y se repite como la cebolla. No hace falta ser un lince para verlo; pero Marx matizó que la primera vez se presenta como tragedia y la segunda como farsa. Por eso los nacionalistas de antaño liaron la parda y los de ahora nos toman por pardillos.  Los nacionalistas que hace un siglo asomaron la sucia patita fueron una peña echada a perder por una indigestión de mentiras que les inflamó la nación y les llevó a invadir Polonia. El nacionalismo de ahora se sirve algo más frío para estar en la onda, en lo que se parece a las versiones rancias es en el gusto por inventarse diferencias con los de fuera e imponer lo unánime dentro. En una sociedad saludablemente abierta y plural, en la que unos prefieren ir a misa y otros coger cerezas, la unanimidad es una patología con más peligro que Kim Jong-un, o sea un mono con una pistola. Cuando todos piensan igual es que no solo nadie piensa en absoluto, sino que el que piensa no sale en TV3, como bien sabe José Borrell. Los que en lugar de andar por sí mismos se suben al autobús del pensamiento unánime son de los nuestros; a los otros, ni agua. El conductor, pongamos que Artur Mas, pone la música, el personal la corea y experimenta el vértigo de la pertenencia al rebaño ancestral. No es raro que el conductor sea un canalla que invoca un destino manifiesto como sucio pretexto para llevárselo crudo. Lo que siempre cuadra es que cuantas menos razones tiene alguien para enorgullecerse de sí mismo, más suele enorgullecerse de su nación. Como si el hecho de haber nacido en Cataluña fuera un mérito personalmente adquirido y no un simple azar. Conseguir una medalla olímpica es algo que tienes que ganártelo, pero uno no nace sino que lo nacen, por eso Borges etiquetaba el nacionalismo como pasión de primates.

Está bien que uno se sienta orgulloso de sus ancestros, de Guifré el Pilós y de la Moreneta, pero pasa con esos afectos como con el juego de las siete y media, que tan malo es pasarse como no llegar. El sentimiento de pertenencia es socialmente cohesivo y psicológicamente sano, es estupendo bailar la sardana con los de la colla o jalear al Barça porque el arraigo es necesario, lo malo del nacionalismo es esa querencia por excluir al disidente, silenciarlo y expresarse como afección delincuente. Pero, otro tanto puede decirse de la melomanía, nada que objetar salvo que se aporree el piano a las tres de la madrugada en el salón paredaño a nuestro dormitorio.

Así como el patriotismo es querer lo mejor para el país de uno, el nacionalismo es pretender que el país de uno es mejor que los demás y acreedor de privilegios. Por eso lo inventan los poetas, pero lo venden los políticos sin vergüenza.

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