TRIBUNA
Trinidad Salán

S eguramente las almas buenas tienen un cielo donde se reúnen para contemplar y comentar dulcemente todo lo que no pudieron ver mientras vivieron, pues de la vida sólo comprendemos una partecita mínima. Es una vieja convicción occidental, platónica, pero muy presente como intuición en cualquiera de nosotros cuando alguien querido se nos muere; que la muerte es un cambio de residencia.
Más. Estoy seguro de que ellos, al volverse clarividentes, miran compasivamente a todos los que no han cruzado la sagrada puerta. ¿La puerta?
Una losa sobre dos rodillos, tres hombres en traje de faena que escuchan indiferentes el último responso que el cura reza con tono ritual. Uno tiene un agujero en el niki, otro se rasca el cogote y el tercero reprime un bostezo. Luego un empujón rápido a la losa, alguien dice «ahora», dos levantan la losa y el tercero extrae el segundo rodillo y se cierra, clac,… una vida. Se ha cruzado el umbral de la sagrada puerta.
¿Y ahora? Ahora todo queda claro y cerrado para siempre. Eso que queda fuera seguirá llamándose vida. Y ella, Trini, ya en el otro lado, cuando la estancia de la gran luz se abra, dirá la palabra del mensajero de Maratón: he triunfado.
Bien. Pero nosotros nos hemos quedado más solos. Todo aquel dinamismo, toda aquella belleza de la tarde, se ha ido con ella. Todo el esfuerzo creador de riqueza, toda aquella sagacidad para valorar con presteza, toda la sencillez con que se enfrentaba a los asuntos comerciales más arduos, la justeza de su palabra, la discreción con que preguntaba una cosa para saber otras por si podía ser útil en el consejo sin herir orgullos, su consejo sereno, insistente cuando era necesario, toda aquella bondad que emanaba de sus ojos, todo se ha encerrado en el mutismo absoluto, en el clac, de la losa. Punto final.
¿Qué nos queda? Cuando descubrió que estaba aquejada de una cruel enfermedad que no perdona, no quiso dejarnos la imagen dolorosa del declive. ¿Último gesto de afecto? Ella diría: —No me parece propio, dejar en la retina de los que quiero, una recuerdo que no sea amable. Por ello, sólo quiso que estuvieran a su lado su marido, su hija y poquitos más en los que apoyar su desvalimiento cuando le faltaran fuerzas. ¡Delicadeza del amor!
Como plumas angélicas caen las hojas que nos dieron sombra y frescor en el verano. Cae la lluvia mansa y maternal sobre los campos del otoño prematuro. Cae la niebla por la ladera del monte. Caen las horas como campanadas de una torre. Cae eternamente el agua del caño de la fuente donde calmamos nuestra sed infantil. Caen los pensamientos tristes en el alma de los que la quisimos. Cae la losa, clac. Y entonces surge del subsuelo de nuestro yo una inquietud, un desasosiego. ¿Por qué no estuve más cerca de ella antes de que la arrebatara la enfermedad? Quizá la hubiera ayudado a espantar temores, angustias, dudas. Quizá hubiera dado más firmeza y certidumbre a todo aquello en lo que creía y la hacía feliz. Quizá la hubiera ayudado a prevenir el dolor y la muerte. Quizá… quizá hubiera aprendido yo muchos caminos vitales desconocidos, por los que ella anduvo con paso seguro.
Ahora se ha marchado por una senda de jacarandas floridas, iluminada por su trasparente sombra morada y sólo puedo decirle: —Prima. No olvides salir a esperarnos si ves que los más débiles, los que fuimos objeto de tu amor y cuidado, andamos vacilantes tras el clac de la losa. El camino puede haberse vuelto obscuro. Estate atenta, corazón, sobre todo conmigo que ando tanteando sombras en pleno mediodía. Recuerda que tu hija está hecha de bondad quebradiza. Sal al pasillo oscuro donde seguramente estaremos buscando a ciegas una puerta. Quizá podamos reunirnos para comentar dulcemente todo lo que tú ya sabes de la vida. Saluda a todos los que se fueron queriéndonos y diles que nosotros seguimos queriéndolos también. Quizá, quizá. Ahora estamos en el reino sin fronteras de lo posible.
Sí. Seguramente las almas buenas se reúnen para conversar amablemente sobre la gloria de haber vivido una vida de la cual ahora lo conocen todo y Trini escuchará mucho y hablará poquito, pero certeramente. Como siempre.
(¡Qué será que siempre que voy al cementerio espero ver a los que he querido sentados sobre la lápida esperándo… me!).