TRIBUNA
Mis impactos europeos
A llá por los años… vaya usted a saber (quien escribe en Opinión siempre hace un striptease incompleto; hay que guardar algo para la intimidad), di con mi cuerpo enjuto en Düsseldorf, influido por la observación de un gran globo terráqueo. Me dediqué a ello con atención buscando España. Apenas ocupaba un centímetro cuadrado. Por supuesto, León no aparecía. Me pregunté: «¿Y qué hago yo aquí metido en esta molécula con lo grande que es el mundo?».
Decidido a escapar del lugar, utilizando alguna estudiada triquiñuela falsaria ante la familia, inicié la aventura y me planté en la capital de Renania del Norte-Westfalia, a orillas del Rhin. El idioma alemán, para mí, era entonces cual sanscrito, afgano o macedonio. El viaje, en aquellos trenes de Dios nos libre, fue penoso pero interesante: León-Irún-París (24 horas de estancia)-Bruselas (dos días) y, por fin, mi tierra prometida por un amigo, al que nunca agradeceré suficientemente el consejo.
El primer asombro fue París, pasmo que aún permanece en el tiempo. En decenas de ocasiones he vuelto y la sorpresa-amor por la ciudad permanece viva e in crescendo. Allí comenzó la andanza y mi ilustración sobre lo que ocurría al norte de los Pirineos. Desde famoso café escribí a un amigo (entonces se escribía): «Manolo: no te lo vas a creer, pero aquí los novios, o sea, chicos y chicas, se besan por la calle tan tranquilos. Ningún guardia ni ningún camarero les dice nada. Es la leche. Ya te contaré».
Fue mi primer breve impacto europeo. En sesiones de mañana, tarde o noche, se besaban y abrazaban las parejas (entonces hombre-mujer) a plena luz. Me pareció intuir que los gendarmes sonreían al paso o, simplemente, pasaban de les amoureux con olimpismo. Inconcebible.
Ya en Bruselas, me cambié de ropa en los servicios de la propia estación para visitar dignamente presentable a una amiga. Se llamaba Poupous, familiarmente. Me esperaba. Vivía en el número 17, piso tercero, de una calle burguesa. Llamé al timbre del portal. Nadie bajó a abrirme. Simultáneamente, escuché un leve chasquido y la puerta se abrió. Subí en el ascensor extrañado. Poupous me esperaba en la puerta. Abrazos de rigor para ella y su familia. Pregunté. Se sonrieron diciéndome que se trataba de algo tan simple como un «portero automático». Segundo impacto. Salimos a dar un paseo, encendí un cigarrillo y la amiga me dijo: «Jesu, no está bien visto fumar en la calle». Tercer impacto.
Dos días más tarde llegué a Düsseldorf. Para trabajar era necesario el permiso de residencia, pero para obtenerlo se precisaba un contrato de trabajo. Por métodos poco ortodoxos lo conseguí, y cuatro días después, gracias a la ingenuidad de la fábrica metalúrgica Bhöler, trabajaba junto con otros 9.000 extranjeros en su mayor parte (turcos, griegos, portugueses, italianos, etcétera, y unos pocos españoles). Nunca comprendí cómo los germanos habían logrado el llamado «Milagro Alemán», habiendo participado yo en su industria; cada mes o mes y medio tenían que llevarme accidentado al hospital. Por cierto, el primer día de trabajo, en la nave de la ducha, me estremecí viendo las espantosas cicatrices y mutilaciones de muchos obreros alemanes cuarentones. ¡Horror! Más conmociones.
Otro encontronazo. En medio de la acera, periódicos del día y un platillo reposaban sobre una silla. El viandante cogía el Allgemeine Zeitung, por ejemplo, depositaba sobre el plato unas monedas de pfennig y marchaba con viento más bien fresco.
Permanecí en Düsseldorf un año, más o menos. Hace relativamente poco tiempo mis ocupaciones me llevaron a Berlín. Una tarde libre tomé el metro más cercano al hotel donde me hospedaba, en la Friedichstrasse, para visitar el museo Checkpoint Charlie. A pie, bajé al pequeño andén sin encontrar ninguna traba mecánica. Había dos claras opciones: montar directamente en el vagón, o, previo pago, conseguir el obligado billete en una máquina expendedora situada en el citado andén. Me acordé de la silla en la acera, los periódicos y el platillo donde se pagaba el precio de aquel.
Y… a buen entendedor, pocas palabras. Las comparaciones, como las rondas, «no son buenas, que hacen daño, que dan pena…».