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MANUEL ALCÁNTARA
León

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L a mejor manera de resolver un problema es evitar que surja, pero ahora no lo tenemos fácil, a pesar de que Obama, que es el negro que tiene el alma blanca, haya defendido una España tricolor, «fuerte y unida», en clara alusión al desafío independentista en Cataluña. Vivir consiste muchas veces en defenderse, sin atacar a nadie, pero no nos fiamos ni de nosotros porque nos conocemos demasiado y confundimos a José Tomás con el Cachobo, ese valiente palurdo que asesinó al Toro de La Vega, asestándole dos certeras lanzadas en el costado. No sé de ningún aficionado a la fiesta «bárbara y tremenda», entre los cuales me he contado de manera entusiasta, que apruebe ese final para el tótem ibérico. Ni a Goya, ni a Alberti, ni a Gerardo Diego les gustaban los bajonazos. Creían que el toro, aunque hubiera nacido para el luto y el dolor, merecía morir en el cráter ibérico de la plaza, frente a alguien que también se había jugado la vida, si bien con muchas más probabilidades de conservarla.

La vieja discusión entre taurinos y animalistas, que son los que más aman a esa fiera única, dotada de «furia armada»: jamás se pondrán de acuerdo. Hace más de medio siglo polemizaron cortésmente Agustín de Foxá y Wenceslao Fernández Flores. No convencieron más que a los que estaban previamente convencidos de que tenían razón. Hay que respetar las formas de consuelo, que son siempre individuales. Yo estoy viajando por la región de Nod, que es un libro de versos, que me ayuda a despedirme de mis cenizas propias que el aire no terminaba de llevarse. Si no buscamos nuestro refugio estamos perdidos, porque lo demás se parece mucho a la jungla. Don José Ortega y Gasset, indudablemente la cabeza española más importante del siglo y la mejor peinada con el cruzado mágico, amaba los toros porque le divertía que alguien, voluntariamente, jugara con la muerte, ya que ella siempre juega con nosotros. Sabiendo que va a ganar.

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