Diario de León

FLORES DEL MAL

El postureo del apátrida

Publicado por
GONZALO UGIDOS
León

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S on españoles los que no pueden ser otra cosa, dijo Cánovas. Y no pasó nada. Trueba ha dicho que nunca se ha sentido español e incendió los rediles sociales y provocó un subidón de bilis a una legión de estilitas encaramados a sus columnas. Que un tipo llamado Fernando Rodríguez Trueba, nacido en Madrid y que ha vivido en España los 60 años que cumplió en enero diga que nunca se ha sentido español o es una mentira más gorda que la de un político en campaña o es una inocente provocación que solo escandaliza a los meapoquito que van escasos de ironía. Trueba envidia el ingenio vitriólico de Oscar Wilde y posa de rompeguitarras, para epatar al bienpensante sería capaz de decir que Hitler es amor. Le pierden los epigramas, su opera prima se llamaba Ópera prima , no porque fuera su primera película, sino porque la prima del protagonista vivía en el barrio madrileño de Ópera. Un chiste cándido.

Con el cheque del Premio Nacional de Cinematografía a buen recaudo —30.000 euracos del ala— dijo también que «los premios hacen a la gente más débil, más tonta y más vieja», afirmación que si la tomáramos como confesión de parte —y dado que tiene diez goyas y un oscar— sería como reconocerse tan débil como la gelatina, tan tonto como Pichote y más viejo que llevar tortilla a la playa. Ni él se estima en tan poco ni yo tampoco. Su impostada desafección no llega ni a exabrupto, es solo una de esas declaraciones gruyere sin consistencia, un postureo, vaya. Una coquetería del ingenio para no pasar por solemne o campanudo como uno de esos indepes catalanes que hablan de lo suyo como si se hubieran tragado el palo de una escoba.

Lo de sentirse o no español, o sueco o vietnamita, no es tanto una cuestión de preferencia personal como una fatalidad impuesta por la biografía y, como nadie puede saltar por encima de su propia sombra, lo suyo es que uno se sienta de la tierra donde hizo el bachillerato, como postulaba Max Aub, que precisamente por ello vivió y murió sintiéndose español aunque hubiera nacido en París con sangre bávara. De hecho, si el sentimiento de pertenencia se rigiera por el capricho, Monedero se sentiría venezolano, Bárcenas de Las Vegas, Gerard Dépardieu ruso y un servidor de Nueva Zelanda, que es lo más lejos que hay de España. Aunque si Trueba hubiera hablado en serio —cosa que evita para emular a Billy Wilder y no resultar redundante con su inevitable mismidad— no saben cómo lo hubiera comprendido. El pez no se siente pez cuando está dentro del charco, solo cuando lo sacan y empieza a boquear siente su pertenencia al agua. Por lo mismo, para sentirse español hay que sumergirse en Pyongyang o en Damasco, por ejemplo. O en Cataluña sin ir más lejos.

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