MARINERO DE RÍO
Del tren burra al tren bala
Vivimos como un retorno feliz a 1863, cuando el tren embocó las vías vírgenes del otro lado del Bernesga —entonces sólo sotos y portilleras— y las fuerzas vivas y los niños con flores y banderitas saludaron sus temibles bufidos. Pocos años antes aquel alcalde carlista y de Zarauz que tuvo León, y que se enteró de la noticia cuando estaba en el teatro, Pedro Balanzátegui, escribió unas alborozadas líneas en felicitación de que «la agricultura, la industria, el comercio, las ideas, los afectos y los sentimientos, todo va a entrar en un periodo de rápido desarrollo...». Siglo y medio después, el burgomaestre Silván también dictamina que hoy «aún llegaremos más lejos» y que la ciudad estará presente por fin «en el mapa de las oportunidades y del futuro».
Amén.
Dan ganas de vestirse de marinerito y de agitar mañana la bicolor, y de que el rey traiga chistera y bigotillo de fideo.
Dan ganas de ser decimonónico y confiado, y de creer a pies juntillas que una máquina de acero que circula a 300 kilómetros por hora sea capaz de resolver los problemas de una tierra que lleva décadas en la vía muerta de la historia reciente de España. La que un día partió como pujante locomora al arrastre de vagones cargados de carbón, vino, cereal, carne, azúcar, poemas y trabajadores, y que en un corto suspiro acabó en el vagón de cola de lo laboral, lo emprendedor, lo demográfico... y lo anímico.
No basta, pues, el AVE, ni las jubilosas declaraciones políticas en este tiempo de descreídos. Vamos a tener que ingeniárnoslas, mucho, para sacarle a la bala el debido partido. Porque la oportunidad está ahí, pero la historia ya nos ha demostrado que el leonés se emboba husmeando la codorniz en su vuelo cuando la tiene en pepitoria justo delante.
Y en este tiempo de bólidos que pasan zumbando, justo es que nos acordemos de aquellos trenines mártires, el Burra, el Vía de la Plata, el Ponfeblino, estos sí, cercanos, humanos, de parada en cada pueblo. ¿No podrían convivir todos?