Diario de León
Publicado por
ERNESTO ESCAPA
León

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El río Luna que bautiza la comarca apenas recorre medio centenar de kilómetros, entre Puente Orugo y la bajera de Santiago del Molinillo, y carece tanto de fuente como de aliviadero o desembocadura. Podría decirse que es un río literario, a medio camino entre la historia y la leyenda. Nace de la confluencia del Grande y el Torrestío, que en el momento de su encuentro llevan recorridos 22 y 18 kilómetros, y se disuelve junto al Omaña en el Órbigo, que conduce sus aguas reunidas al Esla.

La comarca de Luna, que tiene una parte caliza, de rocas y sabinas, y otra suavemente montuosa, ondulada en lombas y colladas, es la llave de entrada a la montaña occidental leonesa, en la que se suceden los territorios de Babia, Laciana y Omaña. El antiguo poblado minero de La Magdalena es la encrucijada que reparte los caminos de acceso por Luna y Omaña. Río arriba, se suceden los pueblos ribereños: Garaño, Vega, que ahora se apellida de Caballeros y antes de Perros, Mora y Los Barrios. Desviados del valle principal, quedan a la derecha Portilla y Sagüera; a la izquierda, escondido tras la autopista, Irede.

A la salida de La Magdalena, vuela sobre el valle el doble viaducto de la autopista, que lo remonta por la derecha del río. Su trazado en los setenta dejó el legado del puente de Fernández Casado, aguas arriba del embalse, y colocó la pasarela que permite apreciar con detalle el paisaje de caliza y sabinas reflejados en el agua. El embalse lo proyectó el ingeniero Llanos Silvela y fue inaugurado por Franco en 1956. Eran tiempos de estraperlo y la gente del pueblo, que había visto cómo se esfumaban los camiones de cemento durante su construcción, a raíz de la tragedia de Sanabria empezó a temer lo peor. Años más tarde, en un anochecer de domingo, unos mozos de Caldas que volvían a casa del baile en La Magdalena, observaron cómo el viaducto que cruzaba el embalse se había hundido. De milagro, no hubo víctimas, pero aquel derrumbe inesperado removió las viejas pesadillas del muro vencido por las aguas.

Si en aquellos tiempos de chapuza e indefensión no ocurrió algo más grave seguramente fue porque la presa del embalse, que alcanza los noventa metros de altura, aprovechó el refuerzo de los sierros que cruzan el valle, dejando apenas un pasadizo para el curso del río. De manera que el muro pando se encastra entre barbacanas y espigones rocosos. El embalse ahogó unos cuantos pueblos: Arévalo, que era un barrio de Láncara, Campo de Luna, la venta de La Canela, Casasola, Cosera de Luna, Lagüelles, Láncara, Miñera, Mirantes, Oblanca, San Pedro de Luna, Santa Eulalia de las Manzanas, el molino de Truva y las Ventas de Mallo. La comarca de Luna, escindida por la frontera del agua, nunca volvió a ser lo mismo.

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