Diario de León
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CAMINO GALLEGO
León

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M antener algo en el tiempo es hacerlo tradicional, conservarlo, como nuestras tradiciones que hoy nos empujan a subir a La Virgen del Camino como hemos hecho desde niños para honrar a san Froilán. Incluso cuando no existía el hermoso santuario y junto a la vieja ermita (cuyo arcón y enormes cadenas provocaban nuestros miedos y pesadillas infantiles) se daban cita miles de fieles, que acudían de toda la provincia a cumplir promesas y a pedir favores a la Patrona y siempre regresaban a sus casas con avellanas, que no eran sino «perdones» que habían pedido a la Virgen y al santo eremita lucense; «perdones» que compraban para casa, para que les disculparan no haber llevado en su viaje a otros familiares a los que gustaría haber ido, especialmente a los más pequeños.

Pues hoy, a pesar de la lluvia, subiremos a La Virgen y cumpliremos el ritual de besar su manto. Lo de la nariz del santo nunca me ha atraído, tal vez porque cuando comencé a subir no existía el santuario y por tanto tampoco la puerta con la figura del santo obispo, así que esa tradición no me dice nada.

Me gusta especialmente la fiesta de san Froilán. Creo que tiene mucho de entrañable todavía, cosa que no ocurre con las otras fiestas de León: las de san Juan y san Pedro, que cada año van perdiendo frescura y diluyendo su sentir hasta hacer de ellas unas fiestas insulsas, que son de León como prodrían ser de Cuenca o de Toledo.

Hemos ido dejando perder su tradición, lo que las hacía especiales. Primero porque al pobre san Pedro ya nadie lo celebra, ni tan siquiera es festivo en nuestra ciudad. Segundo porque lo de ferias y fiestas ha perdido lo primero, pues las ferias ya no se llevan desde que cambiamos los caballos de cuatro patas por los de un motor. Y tercero, porque se hace un programa festivo sin ninguna gracia, sin nada que atraiga de verdad, ni que sea seña de nuestra identidad.

Por eso el programa se llena de actos sin ningún relieve y que lo mismo valen para la capital que para cualquier pueblón que quiera darse importancia olvidando lo suyo para copiar lo que hacen en otros sitios, sin darse cuenta de que esa copia nos uniformiza, en vez de hacernos únicos. Eso es lo que tienen los carros engalanados, los pendones de nuestros pueblos y la subida a La Virgen del Camino. Por eso ¡Viva san Froilán!

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