Diario de León
Publicado por
GONZALO UGIDOS
León

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C uando llegué a Palmira, una ajorca en el tobillo del desierto sirio, aún no había guerra. Pasmada en un oasis, parecía una filigrana de ruinas voluptuosas que no solo estaban hechas de piedra sino de memoria y de deseos, como una de las ciudades invisibles de Italo Calvino. El pasado verano cayó en manos del Daesh y se convirtió en escenario macabro de ejecuciones filmadas, después los terroristas empezaron a dinamitarla a plazos.

A despecho de Rousseau el hombre no ha dado pruebas de ser naturalmente bueno ni de lo contrario. Más bien tiene acreditada su condición paradojal. Sus instintos están mayormente amortizados, pero las pasiones que han suplantado su función desde alguno de los pliegues del cerebro han generado las sonatas de Bach y las bombas atómicas, los derechos humanos y la insania de Auschwitz. Héroe o empalador: el ser humano. Los etólogos que describen la horda de monos en su pureza original aseguran que pueden ser hospitalarios, tiernos, lúcidos, espirituales y guasones. Pero de repente pueden bascular: se instala la regresión y muestran una irascibilidad salvaje. Esos son nuestros antecedentes, pero su amejoramiento, inducido por la evolución y certificado por la historia universal, nos autoriza a concluir que el ser humano nunca es igual al animal: o está muy por encima —véanse las sinfonías— o muy por debajo —véase el Gulag—.

Y puesto que la humanidad es un tropismo hacia lo sublime o hacia lo hediondo, puesto que es tan capaz de diseñar el cielo como de perpetrar el infierno, necesita la zanahoria para estimular lo primero y el palo para que el miedo guarde la viña. No hay excusa para tolerar el delirio nihilista de la barbarie islamista, el escritor Georges Steiner, cuando Pol Pot enterraba a cien mil personas vivas en Camboya, soñó que la comunidad internacional objetaba al iluminado maoísta: «Señor, no entendemos la complejidad geopolítica o local de vuestro conflicto, pero deténgase porque si no intervendremos en veinticuatro horas. En nombre de la civilización no podemos tolerar su utopía sangrienta». El sueño de Steiner concierne a nuestra conciencia y al derecho de la civilización para hacer ejecutivos sus valores. Lo que proclaman nuestras declaraciones, nuestros tratados y nuestras leyes lo niega nuestra pasividad. La historia no es algo que nos venga dado, la hacemos nosotros con nuestras acciones u omisiones. Auschwitz, el Gulag y el Daesh son obras nuestras, de su monstruosidad deberíamos extraer el coraje para restaurar la razón. Quien pretende no poder, quiere de hecho, no querer. Los terroristas del Daesh evidencian las miserias de una civilización que se desangra en el suelo que ellos pisan.

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