LEÓN EN VERSO
Delitos y multas
E n una falta de previsión propia de las urgencias del subdesarrollo, pasaron por alto la posibilidad de que se iban a encontrar con el agua en Marte. Es mejor no pensarlo, por todo el sufrimiento y dolor que infligieron a los leoneses, que se hubiera ahorrado sólo con que el plan hidrológico nacional asumiera que en la corteza marciana hay corrientes para atollar orugas (pero no orugas como las que tienen la misión de llegar a crisálidas o dejarse llevar por el viento como procesionarias despistadas para completar la invasión de los pinares, no, orugas como las que derribaron los pueblos y mellaron para siempre el corazón de los montañeses de este a oeste por la provincia leonesa). No existiría esa sensación extendida de política colonial que presupone la gente ante los abordajes de un todoterreno japonés de color blanco con matrícula ministerial y un coste en concesionario que multiplica por cinco la renta básica del expedientado; ni asaltaría la duda de la autoridad moral del administrador para imponerse ante minucias cuando se escapa un cauce entero y el culpable de la atrocidad aún no compareció en el juzgado. El mejor espectáculo hidrológico de León ha dejado de ser esa máquina hídrica que mueve el viento del norte y los frentes atlánticos y se desata con el deshielo cada primavera, que rompe por caminos seculares en hileras interminables hacia regueros, luego torrentes, luego ríos, hasta que se encuentra de cara con las truchas que, al fin, se mantienen como la única especie del entorno que se resiste a dejarse arrastrar por la corriente. La referencia de la naturaleza montaraz de la cara sur de la cordillera se define ahora por unas turbinas que ensordecen para tratar de devolverle al Bernesga una mínima parte de la sangre que bombeaba por las arterias que reventaron a golpe de aneurisma para darle paso al tren. La única velocidad alta que se ha visto hasta ahora por la Variante es la cascada de agua que se precipita al Cantábrico desde un manantial que de otra forma iba a morir al mar de Oporto, como las fuentes de la Cueta babiana, Sil abajo; como el Esla, que enriquece los Arribes. Antes de que pague el responsable de cambiar el curso de los ríos de León, llevarán a la justicia a los responsables de que las nieves de las sombras de Torrecerredo y Peña Santa dejen de ser perpetuas y se despeñen pared abajo hasta el fondo de Picos de Europa, en otra alegoría brutal del destino de esta tierra.