Diario de León
Publicado por
ANTONIO MANILLA
León

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Vivimos en un mundo sin blasfemia. Tambalear nuestras creencias resulta harto difícil más que nada porque carecemos prácticamente de ellas. El pragmatismo, como el dinero, ignora la ideología. Ya no hay arte irreverente, sólo artistas vocingleros. No se puede epatar o escandalizar al burgués porque ya viene epatado de casa. A los artistas contemporáneos con decimonónicas pretensiones rupturistas nada más les quedan los tabúes. En una sociedad sin ellos, su arte reaccionario, que busca una reacción del espectador, ya no sería posible. Repasen el conjunto de tabúes no penados por la ley de nuestra sociedad y se harán una idea muy precisa de por dónde van a venir los vientos del arte más rabiosamente actual en los próximos años. Aquello que produzca una reacción tribal: eso será el objeto del arte contemporáneo. Pocas cosas hay más marcadas por la moral que este tipo de concepción del quehacer artístico.

Resulta, no obstante, muy difícil ser este tipo de artista en los últimos tiempos. En una ciudad bimilenaria y conservadora de provincias como León, no hace mucho se expuso en salas municipales un cuadro con la micción de una Virgen sin apenas reacción. Cuando se estrenaba La última tentación de Cristo, de Martin Scorsese, cerca de los años noventa, a la puerta de la sala de cine estaba la policía en previsión de altercados. Uno lo cita sin ninguna nostalgia, nada más como parangón y muestra de cuánto hemos cambiado en veinticinco años. ¿Ya no hay espíritu transgresor en los artistas o es que no hay muchas cosas que transgredir? Otra exposición, creo que del Musac, incidiendo en idéntica propuesta filosófica, mostró imágenes de una joven fotógrafa afanada en la misma elaboración de aguas menores.

Estas cosas, lejos de perturbar, a uno desde luego le desmoralizan bastante respecto a la idea de avance en el arte. Encuentro tal vez una evolución, el paso de lo corporal a lo fisiológico, y también una metáfora de la dialéctica dentro-fuera: de los cadáveres disecados expuestos en el interior de una sala —ahora reposan en Oviedo— a la artista que nos propone un primer plano haciendo sus necesidades a la puerta de la sala. Pero nada, esencialmente, que enriquezca aquel «caca, culo, pedo, pis», que cantaba la hija de Ramoncín. Una parte del arte contemporáneo, la que nos han vendido como más «cool» y más «in», ha sucumbido a la tentación de intelectos simplemente alborotadores o infantiles. Al culín.

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