Diario de León
Eduardo Aguirre
León

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M i mujer me dijo con su tono de voz más inocente: «Cariño, necesito que me peles un calabacín». Y acudí presto, puesto que soy un marido moderno y comparto las tareas domésticas, por arduas que sean. Ahora bien, aquello resulto ser un típico caso de falso diminutivo, pues la hortaliza medía 90 centímetros de largo. ¿Y de ancho?, preguntará ese lector de ciencias exactas que todos tenemos. Pues, sin exagerar, como el brazo de Manolo Martín. Era un tremendo espécimen de nuestra más robusta agricultura local, que debió de ir al mismo centro de alto rendimiento que nuestro querido atleta. A mí tales tamaños me inquietan, ¿quién dijo miedo? Y me preparé un vermut con aperitivo, antes de acometer el hercúleo encargo. Mientras pelaba y peleaba con aquella piel de rascacielos me repetía, tal artista del Renacimiento: «Todo ha de tener su justa medida y proporción». Algo llamado calabacín no puede hacerte parecer el rey de bastos. Si una espinilla tiene el tamaño de un melón, entonces, ya es joroba. Hoy en alimentación todo tira a la enorme o, peor aún, a liliputiense. El otro día, caminando por el barrio de La Serna vi una gran pintada sobre un muro: «Otru mundiu ye posibre». El grafitero tuvo que gastarse su presupuesto del mes para sprays. Ni una minúscula. Pues claro que otro mundo es posible, pero tampoco hay que ensuciar el que ya tenemos. A mí también hay días que me pide el cuerpo no dejar una pared de mi barrio sin un «¡Viva Jennifer López!», pero me aguanto. Ah, la justa proporción áurea de las cosas, incluida la de nuestras indignaciones.

En columnismo también ha de buscarse el equilibrio en tu opinión, incluso en las socarronas. La ironía es ya una desproporción en sí misma, un juego. Pero no por ello ha de ser ajena a la verdad y a la piedad. Algunos colegas parece que escriben como con retortijones.

¿Calabacin? Cuando logré terminar de pelar tan descomunal comestible, lo que me costó además del esfuerzo tres vermús, una lata de aceitunas, otra de pimientines y media bolsa de patatas fritas, pues lo de la justa medida tiene su trampa, me acordé de aquella calabaza de 444 kilos que Miguel Yuma cultivó en El Bierzo. Si tengo que pelarla me cuesta la línea y un ojo de la cara.

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