CORNADA DE LOBO
Carne y demonio
H abía que aterrar un poco más a la gente por si le faltaban miedos y repicaron los medios de todo el mundo con el anatema de la OMS, la autoridad sanitaria: Atención, atención... el beicon, las salchichas y carnes procesadas son malísimas para la salud... en ellas galopa el cáncer a vuestras entrañas... protejeos... y que Dios os coja confesados .
Medio planeta se atragantó y se palpa la tripa o se hace una exploración rectal... ¡cáncer!... pero el otro medio se pone a salivar envidias, pues esas carnes que dicen jamás las vieron en su escudilla... ojalá. Resumido: el demonio del cáncer se alía con la carne.
Según la doctrina católica, los Enemigos del Alma son el Demonio, la Carne... y el Mundo (¿el periódico?), pero se ve que amplían negocio y ahora son también Enemigos del Cuerpo por culpa de las salchichas y el beicon del cerdo... hoy maldito cerdo.
No es difícil suponer el sarcasmo que esta noticia ha debido proporcionar a todo el mundo musulmán. Gracias a Mahoma, ellos ya sabían hace mil quinientos años que había que prohibir el puerco, el marrano, bicho inmundo en el que cabalga el demonio de la peste y la triquinosis.
Desde entonces, para la cristiandad el cerdo ha venido siendo santo y seña, una identidad antimora. Incluso tiene un padrino, san Antón, que le da una ducha de agua bendita el día de su fiesta... y el Cielo vela al gocho, el mejor pasaporte para cruzar el crudo invierno de la Europa de misa y olla.
¿Y ahora hay que renunciar a sus delicias, a su magro y tocinada?, ¿rendimos la bandera identitaria?, ¿le damos la razón al moro?... y lo peor, ¿se extinguirán los chorizos de Honorio?...
El demonizar las salchichas se entiende mejor que lo del beicon, pues la cristiandad porcinera también tenía muy claro desde un principio que «Carne en calceta, pal que la meta ».
Y si es panceta, ya no hay zapateta, ha rematado la OMS.
A Marilú, la del bar, la tranquilizó Sócrates: pasa nada, mujer, el beicon y la salchicha eran cosa extranjera, pero aquí siempre nos quedará el tocino del cocidamen expachurrao con pan tierno. Ah, bueno, suspiró la mujer.