FLORES DEL MAL

Enterremos los elefantes en otra parte

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GONZALO UGIDOS
León

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S alvo tal vez un peluche, no hay nada más sumiso que un senador, por eso valoré en su día que Gari Durán, senadora balear del PP, tuviera los redaños de escribir a Rajoy para afearle que no abortara la ley del aborto. A diferencia de sus colegas, Gari es brava y no busca las tablas. Dije en un tuit que el Senado es más inútil que la cantimplora de un buzo y me pidió explicaciones. Le contesté que los tuits los regalo, pero que las lecciones las cobro, porque vivo de eso como vive la señora Durán de un simulacro. Lo cual no es peor que tener que trabajar en un país cuyo salario mínimo es de 648 euros mientras los senadores se embolsan como mínimo ocho veces más, viajan gratis por tierra, mar y aire, y tienen en la cafetería de la Cámara precios low cost en los cubatas. Absolutamente todo eso por absolutamente nada de nada.

A ver, no digo que no hagan nada, lo que digo es que hagan lo que hagan es tan inane como las disparatadas máquinas del doctor Franz de Copenhague del viejo TBO, que eran aparatos excesivamente sofisticados para realizar tareas excesivamente simples.  Cuando la voluntad del Senado coincide con la del Congreso, el Senado resulta redundante; cuando es distinta, la ulterior intervención del Congreso la hace irrelevante y por lo tanto el Senado resulta disfuncional. Pretender convertirlo en Cámara de representación territorial, como lo define el artículo 69 de la Constitución, es perder el tiempo en una quimera, porque en un sistema de partidos los senadores votan según sus siglas y no en defensa de un interés territorial que nadie les ha encomendado. Que el Senado está demás, vaya. Ni añade nada al proceso legislativo ni al control del Ejecutivo ni nadie le hace maldito el caso.

Eliminarlo supondría un ahorro de 52 millones y se puede hacer por mayoría de tres quintos, ni referéndum hace falta. Si después de 38 años no sabemos para qué sirve, no lo sabremos ni cuando paran las mulas. Mejor echarle el cierre. Cuando las instituciones dejan de servir, o las arrinconamos al desván de los trastos inútiles o las padecemos como simulacro que no sirve para nada que no sea subsidiar los bolsos de Rita Barberá, las curdas de Casimiro Curbelo  o los vuelos venéreos de Monago. La imagen del cementerio de elefantes políticos resulta tan manida como inexacta, es más bien un superferolítico centro de día de políticos ociosos. Dinamarca, Suecia y Croacia lo eliminaron, Italia y Canadá están en ello.

Decía Borges que todo ocurre inicialmente en otro país y a la larga en el nuestro. Señora Durán, haga como Irene Lozano: hágase diputada, en serio. Nuestra democracia necesita su función actual tanto como Daenerys Targaryen su caballo.

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