Diario de León
Publicado por
ERNESTO ESCAPA
León

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La Comisión Territorial de Patrimonio acaba de aprobar un proyecto destinado a apuntalar los muros desvencijados del monasterio de Eslonza, sin duda el que más despojos ha sufrido entre los grandes monasterios de la provincia, cuya desventura generalizada clama al cielo. Apenas persisten unos muñones descarnados de Eslonza, en un escenario natural que invita a los paseos campestres. Algunos inmediatos, otros de más resuello. De la misma entrada del monasterio salen el camino de las Praderas, que recorre el vallejo de este arroyo; el de Villimer, que traía en sus estíos al andarín Gumersindo de Azcárate; y la senda de Villamoros, el santuario de los pastores. Luego, al otro lado del portillo de Mellanzos, aguarda Gradefes, y en la deriva por el páramo hacia el Esla, se suceden Escalada, Lancia y Sandoval.

Las portadas de Eslonza las arrancó el obispo Almarcha en la turbia posguerra y las llevaron a la ciudad para enjoyar la iglesiona de Renueva, aunque el expolio iba cebándose con el monasterio desde un siglo antes. Ni siquiera aquel traslado episcopal se libró de las pérdidas. Los santos de la fachada, cinco esculturas barrocas de José Rozas, se los repartieron un hostelero de Mansilla, que usó la pétrea corpulencia de Santa Natalia para que la clientela sujetara sus mulas durante la comida; el perillán de la Comisión de Monumentos Francisco del Río Alonso llevó dos a su casa de la calle San Pelayo; un descuido en el apeo acabó con San Adriano hecho trizas por los suelos; y la parroquia de Villanueva del Condado aupó a San Pedro a lo más alto y azotado de su torre de ladrillo. Visto el éxito, el obispo Almarcha quiso engatusar al indiano Pablo Díez para levantar con las piedras del palacio de los Prado de Valdetuéjar el nuevo santuario de La Virgen del Camino. Pero los dominicos tenían su propia estética y le dejaron los sillares desmontados en un solar de Santa Nonia. Finalmente los aprovechó para el hospital de Regla, en las traseras de la catedral.

De esta manera, despojo a despojo, se fue esfumando el desvalijado monasterio donde enseñó el Padre Feijoo. En su Teatro Crítico, el ilustre polígrafo plasmó un homenaje de reconocimiento al pollino que hacía los avíos monásticos con la ciudad de León. También hospedó una noche del verano de 1795 al ilustrado Melchor de Jovellanos, quien escuchó una copla maliciosa que transcribió en sus Diarios: Santa Olaja y Villarmún, / Mellanzos y Palazuelos, / tienen los hijos a medias / con los frailes de San Pedro. Aunque la rima no es tan rotunda como la de Trianos, junto al Cea, la confidencia del ilustrado ha sido objeto de reproche y repudio por cuantos tonsurados escribieron durante el último siglo sobre esta abandonada abadía benedictina.

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