Diario de León

TRIBUNA

La identidad profesional de los profesores

Publicado por
Isabel Cantón Mayo Catedrática de la Universidad de León
León

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E n tiempos revueltos como los actuales nada permanece inmutable, tampoco los profesionales de la enseñanza. Podemos entender la identidad profesional docente como una evolución o desarrollo gradual de las acciones profesionales que constituyen la especialidad de su oficio, asociada a un sentimiento de competencia en el mismo. En época no muy lejana la identidad de los profesores era relativamente estable, al igual que lo eran las instituciones en las que se realizaba su trabajo. Durante siglos los docentes han construido su identidad profesional basándose en su cualificación y su pertenencia a una determinada institución educativa. Ello les confería a la vez un rol determinado y un estatus socialmente reconocido. Había una forma tradicional de dar clase, el grupo de estudiantes era homogéneo, se transmitían unas normas compartidas y valores comunes, existía su autoridad incontestable y su profesión estaba bien delimitada, así como su identidad como colectivo en el campo social. Ocurría igual con otras profesiones del ámbito de los servicios como la medicina o la justicia. Hoy las profesiones se reconocen y se desenvuelven en un plan identitario dentro de un proceso dinámico e interactivo. La debilidad de las instituciones donde se desenvuelven estas profesiones ha perdido el sentido de aprecio social y deja a los profesionales relativamente solos, lo que les obliga a acciones de desconfianza, de prevención y de defensa propias. La sociedad y la institución donde trabajan representan más obstáculos que hay que superar que lugares donde desenvolver y desarrollar la identidad profesional.

Con respecto a la identidad de los docentes encontramos elementos que se mueven entre el desánimo (todos pueden enseñar y todos atacar al profesor) y el orgullo profesional (estamos formando a las personas del mañana). Los primeros, si pueden, abandonan la profesión, y entre ellos hay tres grupos: insatisfacción individual por la carga de trabajo, el tiempo y el esfuerzo para acceder, el salario, la baja consideración social, etc.; un segundo grupo abandona porque la profesión no satisface sus expectativas previas; y el tercer grupo se declara emancipado de la docencia, no ha sentido ni vocación ni atracción por ese trabajo. En el grupo de los que deciden optar por el orgullo profesional, tenemos a los satisfechos (estabilidad, tarea y medio); el segundo tipo es el inquebrantable, no tan estable como los anteriores pero está decidido a sobrevivir como docente; y el tercer grupo es el adaptado, que aunque no encuentra lo que esperaba en la profesión, ajusta sus expectativas a lo que hay. En este trayecto las dimensiones estructurales de la profesionalidad pueden favorecer o destruir la identidad profesional de los docentes. En ello juegan un papel fundamental las instituciones de formación inicial y, accesoriamente, también las de formación continua.

Podemos preguntarnos por qué es un tema emergente ahora la identidad de los docentes: ¿es una nueva moda (mimetismo)? ¿O es una cuestión pasajera? (reformas consecutivas); ¿O tal vez es algo problemático a lo que hay que prestar atención? Desde la democracia ha habido en España siete grandes leyes orgánicas que atañen a la educación en sus distintos niveles, amén de una multitud de decretos, órdenes ministeriales, autonómicas, de la inspección, etc., que han hecho a los profesores receptores de un sinfín de instrucciones. Palabras como competencia, innovación, calidad, conflicto, mediación, TIC, etc. han entrado en las aulas y sometido a los profesores en el cumplimiento de sus funciones a un estado de incertidumbre que ha invadido su identidad profesional. Cada norma deroga o inutiliza la anterior, la excomulga y proclama un nuevo dogma pedagógico-didáctico o verdad revelada que muestra el autoritarismo normativo y desestabiliza la identidad del docente. Las sucesivas reformas, todas con su fundamentación técnica, han ido arrinconando los aspectos más humanos, más artísticos de la educación a favor de la dimensión técnica de la misma. De ahí se deduce una identidad profesional únicamente técnica, no humana ni artística, aspectos siempre antes presentes en la educación. Además del carácter técnico, las nuevas verdades y competencias se imponen de forma casi absoluta, incidiendo negativamente en la autonomía y en la independencia, tradicionales atributos de los profesores, que terminan siendo unos mandados. Para terminar esta ceremonia de la confusión en la identidad de los docentes, los mismos poderes públicos que los ahogan con la normativa, proclaman bien alto la autonomía de los docentes, su capacidad de innovación, y la necesidad de conseguir el éxito escolar de sus alumnos.

¿Cómo preservar y definir entonces la identidad profesional de los profesores? En primer lugar, con una reforma de la formación inicial inspirada a la vez de forma equilibrada en el humanismo y en la técnica; en segundo lugar, con una normativa social que prestigie la profesión y la exigencia de altos niveles de cualificación para el acceso a la misma; y finalmente, facilitando el desarrollo profesional docente en paralelo a su trabajo, a la vez que estableciendo mecanismos adecuados de promoción desde todos los niveles educativos para aprovechar el aprendizaje experiencial en la formación de las nuevas generaciones de profesores.

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