EL CORRO
Difícil fiabilidad de los sondeos
T ras la conmoción de los ataques yihadistas, la precampaña del 20-D ha ido recobrando el pulso, incorporando inevitablemente al debate el delicado asunto de la colaboración española a la guerra (Hollande dixit) declarada por Francia al Estado Islámico. Peliagudo asunto por cuanto despierta los fantasmas familiares de la guerra declarada a Irak por el trío de las Azores, empeño de José María Aznar que contribuyó decisivamente —atentados del 11-M por medio— a la derrota de Mariano Rajoy a manos de José Luis Rodríguez Zapatero en las generales de 2004. He ahí que Rajoy ande tentándose mucho la ropa antes de concretar la ayuda española a Francia.
Entre tanto, han vuelto a reaparecer los sondeos, muchos de los cuales difieren notablemente, no ya en la atribución de escaños, sino en la intención de voto a las fuerzas políticas en liza. Al margen del particular «cocinado» de cada sondeo, se detecta un alto grado de volatilidad en el voto, producto sin duda tanto de la entrada en el reparto de dos nuevas opciones, Ciudadanos y Podemos, como de la inédita permeabilidad entre el potencial electorado. PP y PSOE, que tradicionalmente se han disputado el caladero de voto templado situado entre ambos y que unas veces se ha decantado por uno y otras por otro, en esta ocasión apenas se van a robar votos entre sí.
Por medio está Ciudadanos, que, además de acaparar ese caladero, está arrebatando electores a ambos pilares del denostado bipartidismo. En este nuevo escenario la posición más delicada es la del PSOE, hostigado simultáneamente por los dos flancos: por el derecho por Ciudadanos y por el izquierdo por Podemos e IU, partidos estos dos últimos que a su vez compiten entre sí. La permeabilidad entre Podemos y Ciudadanos, que pudo ser significativa hasta las pasadas elecciones de mayo, se ha reducido al mínimo a medida que ambos se han ido posicionando ideológicamente en sentido opuesto, siendo a estas alturas fuerzas incompatibles a la hora de cimentar cualquier coalición o pacto poselectoral.
A la citada volatilidad se añade la gran dificultad existente para atribuir los escaños por cada circunscripción electoral, realmente el factor (y no la Ley D’Hont, como suele afirmarse) que distorsiona la desproporción existente entre los votos y los diputados que finalmente obtiene cada fuerza política.
En provincias como León y Valladolid, en las que concurren cuatro fuerzas políticas en disputa de cinco escaños, hay que afinar mucho para clavar el resultado. Y lo mismo sucede en Salamanca y Burgos, que eligen cada una cuatro diputados. Lo único claro es que en estas cuatro provincias —y puede que en alguna más de Castilla y León— el bipartidismo reinante desde 1993 va a saltar por los aires.