TRIBUNA
Nuestros pueblos, a ocho minutos de morir

L legó el AVE a León. Aunque fuera tarde y aunque venga cojo, por una sola vía. No importa. Todos nos alegramos. Porque es incuestionable que el ferrocarril es un vehículo de enormes oportunidades: la economía, el empleo, la cultura, el turismo, las oportunidades viajan sobre sus raíles.
En el municipio de Villarejo de Órbigo lo sabemos como nadie. De hecho, en nuestro calendario hay una fecha histórica, un momento crucial que nos aprestábamos a celebrar. Ese momento se cumple el año que está a punto de empezar, 2016. Conmemoraremos (si nos dejan) los 150 años desde que llegó el primer tren a la estación de Veguellina de Órbigo, cambiando nuestro futuro para siempre, abriendo nuestras ventanillas al mundo y haciendo que las demás ventanillas se abrieran hacia nosotros.
Desde entonces, cada día de esos 150 años, el andén ha sido el símbolo de nuestro progreso, marcando el pálpito de la vida de la comarca del Órbigo entera, una rural comarca, la más poblada de Castilla y León a pesar de que en esta Comunidad cabalgan desbocados la despoblación y el envejecimiento en los pueblos. A pesar de que nos desmantelaron nuestra principal industria, la fábrica Azucarera; a pesar de que nos impusieron el vertedero de toda la provincia; a pesar, incluso, de que la otra vía de comunicación vital, la autovía, sufra un vergonzoso peaje.
A pesar de todo eso, somos en el mundo rural los que mejor aguantamos el azote insoportable de la despoblación. Y a estas alturas no cabe duda: esto es así en gran medida porque la vía del tren ha sido una arteria principal enganchada directamente a nuestro corazón. Nos da la vida.
Llegó el AVE, sí, pero continuaron al frente de quien lo gestiona los mismos que hace ya dos años dejaron en vía muerta multitud de pueblos de nuestra provincia, estaciones todas ellas importantes en tanto que haya un solo vecino, que paga religiosamente sus impuestos, que necesite coger el ferrocarril porque no tiene más alternativa. Por eso, ni quiero ni puedo olvidarme de todos aquellos que ya perdieron el tren por el camino. Yo estuve en todas y cada una de las llamadas de atención convocadas, junto a sus gritos desesperados, al lado de sus vecinos, reclamando su único un transporte público: Sahagún, La Granja de San Vicente, Porqueros, Barrientos, Villavante, El Burgo Ranero… Podían haber sido muchísimos más, como parece estar abocada la Montaña Oriental con el abandono de Feve. Juntos, con la razón de nuestro lado, evitamos lo peor pero hubo demasiadas víctimas.
Ahora, esos gestores ferroviarios y esos políticos tan lejanos que juegan a su antojo y por sus intereses con el AVE, los que sólo ven números —y además falsos— donde hay personas, nos amenazan con una nueva condena y a esa condena le han puesto tiempo: Exactamente 8 minutos. Nuestros pueblos están a ocho minutos de morir.
Son ocho minutos. El tiempo exacto que ganará un ponferradino o un astorgano en llegar a Madrid sin paradas intermedias con el simple adelanto del tren Alvia que les llevará al flamante AVE de León, a costa de dejarnos tirados en el andén a cientos de leoneses y bercianos en Veguellina de Órbigo, en Bembibre, en Vega de Magaz, en Torre del Bierzo, en Brañuelas, en Congosto y, por supuesto, a miles de todas las localidades próximas y en definitiva de todas sus comarcas.
Hablamos de gente que no dispone de otro medio de transporte público. De historias reales como la de la mujer que padece un cáncer y tiene que tratarse en el Hospital de León; el chico que acude cada día a la Universidad y que aspira a no tener que residir desenraizado de su pueblo; la empleada que sin el tren de la mañana no llegará a su puesto de trabajo; el pequeño empresario al que le esperan en la capital de la provincia para una reunión vital en su negocio…
Ellos, y no son pocos, serán las damnificados de una decisión tan electoralista e insensible como irracional, porque además engaña a los posibles viajeros de Ponferrada o de Astorga con un falso y envenenado caramelo para llegar a Chamartín.
Jugando vilmente con sus intereses, Renfe simplemente adelantará 34 minutos la salida del Alvia de la capital del Bierzo, de manera que sin paradas intermedias más que en Astorga y León, llegarán a Madrid en 3,59 horas, frente a las 4,07 que tardan ahora. «Ocho minutos es la diferencia».
Son ocho minutos la diferencia, 8 miserables minutos a costa de los pueblos, desde los que sólo veremos pasar el flamante tren de alta velocidad de cada mañana a 155 kilómetros por hora en lugares como Veguellina de Órbigo, atravesando con peligro de muerte el casco urbano por la mitad. Una auténtica salvajada que sólo tendría una solución aún más demencial: construir un Muro de Berlín en torno a la vía que acabe partiendo en dos el Órbigo.
Quiero decir muy alto y muy claro que ¡no! Que el fin no justifica los medios. Que hasta el más pequeño de nuestros vecinos en nuestros humildes, bellos y esforzados pueblos valemos infinitamente más que 8 minutos. Tenemos la obligación de defendernos, de no dejar que pisoteen a unos para engañar a otros.
Nuestra provincia nunca hubiera sido la que fue sin el ferrocarril. Y jamás será la misma sin la vida que el tren aporta. Morirá León a alta velocidad si nosotros mismos no lo remediamos. Y el municipio de Villarejo de Órbigo, como tantos otros, no celebrará el año que viene el 150 aniversario de la milagrosa llegada del tren sino su propio funeral.