MARINERO DE RÍO
El pueblo ya se ha cerrado
Hay veces en que hojear el periódico se parece a darse una vuelta por el otro lado del espejo, ese en el que se internó Alicia para descubrir huevos que cantan y bailan, y avispas con peluca. Uno se siente vivir en un país patas arriba o que camina como gallina sin cabeza cuando pasa la página y divisa a un grupo de políticos haciendo campaña parapetados tras una pancarta —a modo de barrera tauromáquica, el ruedo es una plaza rural, desierta y descangallada como lo están casi todas las nuestras—. Y el cartelón de refulgente color azul reza: «Mi pueblo no se cierra».
La lectura se detiene y las rodillas temblequean. La mirada estudia rostros, poses y siglas, sin dar crédito, pero todo coincide, es ese partido y son esas caras. Son los mismos. Los mismos que quisieron hacer desaparecer un ciclo completo en el colegio de Riaño e impedir la contratación de profesores en Olleros —y hay más desventuras, como las de Villablino y Carrizo—; y también los que han impulsado, a nivel de comunidad, la eliminación de cantidad de centros médicos rurales con el traslado de más de cien profesionales a la ciudad.
Mi pueblo no se cierra. No sé a qué pueblo se referirán. Supongo que al suyo, uno muy lejano, situado en la ínsula Barataria o en el reino de Syldavia, porque aquel en el que han posado para la fotografía con todo su santo rostro, o está ya clausurado, o languidece como una llama pequeñísima a punto de apagarse. De acuerdo con los cánones europeos, donde nunca verás en población alguna por minúscula que sea una casa en ruinas (ni telarera tampoco), muchos de los pueblos y aldeas de León, ahogados en feísmo urbanístico, abandonados de la mano de Dios y del hombre, cada vez más alejados de la civilización y donde no se topa uno por las calles ni con el gato, están, vaya que sí, cerrados a cal y canto.
Y eso sólo ha podido llegar a ocurrir porque nuestros gobernantes se han verdaderamente empeñado en ello.
Así que, por favor, no nos avergüencen más. Recojan la pancarta, arranquen el coche y váyanse por donde han venido. No hace falta que apaguen la luz. Ya han apagado ustedes demasiadas cosas.