TRIBUNA
España y leonesidad

E n otra ocasión comentaba en estas mismas páginas el trabajo de Laín Entralgo, publicado en 1971, A qué llamamos España, en el que acompañaba las características de España como «una sed», como «un conflicto», «una posibilidad» y concretando que «es una realidad». Ya antes, en 1922, Ortega clamaba:» Dios mío ¿qué es España?», y se hacía otra pregunta: «¿Dónde , está una palabra clara, una sola palabra … que alumbre el destino de España?». Es verdad que hoy casi nadie se contesta y a duras penas se arranca la voz España de toda suerte de políticos , lo más que se dice es «este país», «nuestra gente», « el pueblo», parece que hiere la palabra España o la palabra patria.
Son los políticos que juraron o prometieron guardar o hacer guardar la Constitución que, con mucho trabajo y no pocas renuncias redactaron por representantes de todo el arco político y por todas las tendencias ideológicas, y se confirmó —en referéndum— por el noventa por ciento del pueblo español.
Pues bien, en esa Ley que afecta a todos los ciudadanos de nuestra geografía, se dice claramente —ya en su preámbulo— que «trata de proteger a todos los españoles y pueblos de España», para decir en su artículo primero que España es un Estado, que es, en realidad, la forma organizada de la Nación. Lo que ocurre es que para dar cobijo a algunas regiones —o provincias— que no aceptaban la unidad —en aquella época de 1978— «centralista», se les ofreció el concepto de nacionalidades. Pero hay que observar que el artículo segundo se habla de la «unidad de la Nación española», con mayúscula, mientras que a continuación se reconoce las «nacionalidades y regiones» (con minúscula, equiparando ambas). No se entiende muy bien que, aceptado el texto en aquellos años sobre lo que era España, lo que se entendía como Nación y lo que se admitía como nacionalidad, se cuestione ahora sin que hubiera cambiado la forma de Estado, sin que existiera una revolución o una tergiversación social de la convivencia, que se olvide o incumpla la Ley de Leyes.
Ya en el comentario que se hizo de la Constitución por Oscar Alzaga (1978), se observaba que el señor Arias Salgado, ponente y defensor del término nacionalidad, prevenía que iba a suscitar problemas en el futuro. A pesar de ello, defendía que se ofrecía este término para «dar satisfacción racional a las reivindicaciones de aquellos colectivos, que desean afirmar y afirman su identidad con recurso al vocablo nacionalidad». Creemos que fue un craso error pues los nacionalistas periféricos nunca están conformes y se agarran a este término para convertir la nacionalidad en nación. Claro que estas reivindicaciones subversivas fueron avaladas por algún gobernante que, ignorantemente, argumentaba que el término «nación» es discutido y discutible. Pues mire, no, lo que se define jurídicamente está apoyado en la realidad social y en el preámbulo de la Constitución se dice claramente —y con mayúscula— que la Nación española —a través de la Ley— es la expresión de la «voluntad popular». La Nación nace de un principio sociológico, pasándolo por el cedazo de la democracia. Pero es que, además, es una situación permanente que nunca muere, pues al preguntarse Ernest Renan «¿qué es una Nación?», se contestaba que «es un alma, un principio espiritual» y, más cercano, Ortega la definía como «un proyecto sugestivo de vida en común». La Nación, diría Cánovas, al reflejarse en la conciencia toma el nombre de Patria que, para nuestra Constitución, la Nación española es la «patria común e indivisible de todos los españoles».
No es la nacionalidad una patria sino que lo es la Nación. Así nuestra leonesidad, como cualidad del ser leonés se debe de llevar por los caminos del «alma» que supere el rebufo de los nacionalismos. Lo que en otra ocasión lo hemos llamado como «leonesidad Hispana». Es decir, un lugar en que se añada la vivencia de lo leonés con la diversidad de lo español. Porque la leonesidad es un estado de ánimo permanente que observe la tradición y mire al futuro. No es nuestra intención vagar por los vericuetos excesivos y rampantes de los nacionalismos periféricos, que deforman la realidad sociológica, transforman la historia y se enfrentan con los «convivenciales». En fin, que incumplen las más elementales reglas de la democracia. Porque no hay democracia sin Ley, que debe cumplirse en todos los campos, lugares y grupos sociales. Ya se dijo en el Fuero de León por Alfonso V: »… quien quebrantase esta Constitución nuestra (…) sea privado de su dignidad temporal».
Volviendo a las palabras de Laín, si España es «una sed», nos hemos de llenar la boca de la refrescante agua de nuestra hispanidad, con el agua limpia filtrada por el cumplimiento de las normas por las que nos regimos todos los españoles —leoneses incluidos— respetando el gran concepto de Nación y conviviendo con nacionalidades y regiones. ¿Por qué hemos de renunciar a llamarnos leoneses y españoles? ¿Por qué hemos de seguir las reglas no escritas de quienes se avergüenzan de usar el nombre de España? (Asumo desde ahora el insulto). Para que no tengamos que gritar con el poeta Cesar Vallejo en su excelso poemario de «España, aparta de mí este cáliz», diciendo a las futuras generaciones: ¡«…si la madre/ España cae-digo, es un decir-/ salid, niños del mundo; id a buscarla»!