Diario de León
Publicado por
leónJavier Arias Rabanal.
León

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Carta sin sello, destinatario: mi amigo

L levaba tiempo preparando lo que cada año que finaliza termino con un: «no volveré, éste será el último». Pero recojo mis viejos folios ocupados por una escritura que en ocasiones ni yo mismo logro captar, y me pongo a intentar empezar lo que siempre será la última vez. La tristeza me embarga cuando observo un tachón con una fecha de los que se han ausentado. Desde aquel niño con tan sólo 11 años, pasando por quienes compartía aquellas tertulias de las que tantos valores adquirí, y que hoy día tanto escasean, cuanto las echo de menos.

Me faltan dos personajes que marcaron mi niñez, de uno encuentro los datos, y sólo me falta mi amigo, mi guía en aquel tortuoso camino, aquel que fue algo más, como si fuese mi misma familia, doy vueltas pero mi torpeza no me deja ver. Sin querer aparecer en la lista de esta alta tecnología un número telefónico que se lee de la siguiente manera Roberto (hijo de Torete).

Pero Torete, ya no está, se ha ido, y yo ni tan siquiera le pude acompañar en ese viaje largo, donde sólo se saca billete de ida.

Pero sí, voy a contarles la historia de una vida, reflejada en un hombre que trató a este niño como si de Roberto se tratara.

Mi paso por el Palacio de los Guzmanes fue decisivo para acabar de conocer a un personaje fabuloso, aunque anteriormente ya me había impresionado esa figura corpulenta, pero mucho más grande era su bondad sus buenos consejos, con esa voz que le caracterizaba. En aquel bar que estaba enclavado en la Diputación Provincial, a la izquierda según traspasabas ese gran portón de entrada principal. Recordemos algo de este singular y grandioso personaje. Porque para ser grandioso no es necesario ser famoso.

Con un DNI en el que se hacía constar los siguientes datos: Solutor Tascón Fernández, natural de Vega de Espinareda, nacido un 29 de mayo de 1932.

Recuerdo esa persona bandeando en ese patio bandeja en mano, eso era un camarero de terraza, de raza y suelo, ordenar las grandes mesas que en ese patio de los Guzmanes se instalaba de vez en cuando para festejar acontecimientos, comidas y demás eventos, ¡qué clase tenía Torete! Y hoy se habla de campus y de carreras. Fueron 20 largos años en ese lugar, y otros tantos en aquel desaparecido Club Radio, enclavado en la calle Fuero de esta ciudad, lugar de ocio y diversión para los jóvenes de aquella época. Torete como profesor, te tuve y te seguiré teniendo, y lo escrito aquí queda, así que va por usted maestro: gracias por esas comidas tan deliciosas que me ofreciste, gracias por guiarme en ese camino recto, por tus risas junto con las mías y las de tantos que por ese Palacio de los Guzmanes pasaron. Y en la cocina tu maravillosa esposa... aún en mi retina veo su sonrisa.

Termino recordando unas palabras tuyas. Fueron al presentarme en tu bar: «Jooo, Javier no sé cómo lo haces pero siempre apareces en el momento mejor». Yo contesté: «Torete me voy a casa», pero tú que sin ser adivino que hoy equivaldría a psicólogo, empleaste ese arte y: «anda que aquí estaba esta silla en esta mesa esperándote, además hoy hay algo que te encanta». Y siempre todo estaba cojonudo, pero ese dulce me cautivó ese día, al igual que tú, tu esposa y tu familia. Decir perdón delante de una tumba no sirve de nada. Pero debo pedir perdón por no haber llegado a tiempo. Pero el tiempo en ocasiones nos impide llegar a tiempo. Sabe que estarás en ese trozo de mis recuerdos. Sé cómo eres allí donde estés, no cambies ¡jamás! Un abrazo de aquel chaval.

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