Diario de León
Publicado por
miguel paz cabanas
León

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I magínese que vive en una comunidad con noventa y nueve vecinos. Son bastantes, hubo que distribuirlos en varios edificios con un buen número de plantas. Hace tiempo que los del ático sufren unas goteras inmisericordes y a veces se les ve vaciar baldes de un agua sucia y marrón. Los de los pisos inferiores (ya lo decían las abuelas: evita comprar un primero) padecen otros problemas, relacionados con la presencia de roedores y alimañas ultrarresistentes. En general, el estado de la construcción es un tanto decrépito, aunque se ejecutaron unas reformas modestas hace medio siglo. Es consciente de que en algunos pisos pululan personas en condiciones lamentables, con familias hacinadas y desnutridas: dependiendo de la hora del día, se oye gemir a los más jóvenes, protestando por la falta de espacio y alimentos. En otros los ruidos son más palpables, con voces que parecen a punto de quebrarse y muebles que emiten crujidos temibles. En general, el rellano huele a lejía peleona y los ascensores hace tiempo que dejaron de funcionar. En el segundo se sospecha que sobreviven dos ancianos momificados. El patio que rodea el edificio tiene un aspecto degradado y en las zonas verdes crece una hierba rala y mustia. No obstante, hay gente que hace gala de un conformismo esperanzador, pues disponen de más horas de luz. La calefacción, eso sí, no alcanza ni conforta a todos por igual: hay quien vive permanentemente abrazado a una manta mora y un buen puñado de vecinos tiene las narices heladas y goteantes. Se ha visto a un tipo de aspecto sospechoso quemando sillas y periódicos en su propio salón. Los gases forman parte de la vida diaria, con efluvios que convierten el patio de luces en una cueva de olores acres y rotundos. Se cuelga la ropa de tendederos herrumbrosos y todas las camisas han sido adquiridas, curiosamente, en el mismo centro comercial. Diremos más, son de la misma marca y lucen pespuntes y botones idénticos. El presidente de la comunidad, que es de los pocos que llevan calcetines y sombrero, tiene una mirada sombría, como de predicador fanático.

A veces te asomas a la ventana y, si no llueve, ves llegar un auto imponente, de cristales oscuros y blindados. Indefectiblemente, emerge de él un tipo de aspecto impecable, con guantes y zapatos lustrosos. Junto a él baja un perro de raza inverosímil, cuyo collar vale más que el traje que tú llevas puesto. Siempre hace lo mismo: se acerca a la acera y suelta un zurullo imponente, que su dueño no recoge. Luego desaparecen como por arte de magia.

Según Oxfam, en 2015 el 1% de las personas poseía la misma riqueza que el resto de los habitantes de la tierra.

Se me olvidaba decir una cosa: este es un artículo demagógico.

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