FRANCAMENTE
Son los padres
S uele asociarse el color rojo característico de Papa Noel a la CocaCola. Solíamos sacar pecho considerándonos la reserva espiritual de Occidente al mantener puros nuestros Reyes Magos como elemento al margen de ese sentimiento de mercadeo que lo inunda todo. Señalábamos con dedo acusador al señor Claus al considerarlo un refugiado impuesto por las potencias extranjeras y rápidamente apadrinado por el ‘espíritu navideño’ de nuestro comercio patrio.
Ahora ya no. Ahora resulta que ya nadie se molesta en ocultar lo conocido por todos, pero que por un poco de decoro manteníamos rumiando para nuestros adentros: que la única magia que traen sus majestades es la que realizan con las cajas registradoras de los establecimientos por los que discurre el recorrido de su Cabalgata —por lo general vacías en el resto del año, pero que experimentan un gran repunte por estas fechas— y con nuestra tarjeta de crédito, consiguiendo alargarla hasta límites insospechados.
La suspensión de la Cabalgata en Ponferrada ha puesto los focos sobre ese prisma mercantilista con el que últimamente se analiza todo. La ciudad estaba vacía, es cierto, pero quién se hubiera atrevido a esperar a pie firme al paso de la caravana real. Pues más bien nadie, me atrevo a aventurar yo. Los números comenzarían a cuadrar si para huir del frío y la lluvia, buscásemos cobijo en uno de esos comercios de espíritu navideño envuelto en tarjeta Visa.
Han matado, no ya la inocencia de los niños —tan abstraída como está montando Legos y las pistas del Scalextric—, sino las ganas de los padres de participar en este enredo de dimensiones bíblicas.
Por eso nos encontramos con la monarquía, por muy mágica que sea, cotizando a la baja. Da igual que sea en la capital de esta comarca que en la del reino patrio. Si aquí es el frío, allí no les convence ni la ausencia de las ocas de Miguelín, ni la presencia de las bicicletas de la Carmena y los Reyes en baby.
Será difícil que los verdaderos protagonistas de esta fiesta, los adultos, —no en vano somos los que criticamos, pagamos y mangoneamos— recuperen el interés. Puestos a intentarlo, tal vez podrían comenzar porque en el desfile del próximo año se dejen de zarandajas y sea la Pedroche la que se pasee por las calles en carroza y con0 el vestido de Nochevieja.