Diario de León

Publicado por
Jesús María Cantalapiedra Escritor
León

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M i primer artículo, escrito para una emisora de la Cadena SER, se titulaba La importancia del dedo índice. Su relevancia me parecía tan notoria como veleidosa, para bien o para mal. El segundo dedo de la mano, situado entre el pulgar (algo basto) y el corazón, normalmente utilizado para insultar en forma escatológica, es un dedo poderoso. Con él se ordena; se niega con energía; se exige silencio; se indica el lugar de cualquier objeto o persona (mal asunto que te señalen con el índice) o se usa para conseguir que la vida de algún ente resulte más regalada que al resto, sin la obligación de exponerse al examen previo de su valía. El dedo índice, asimismo, bien aplicado sobre el gatillo de un arma, puede matar. Muy simple.

Dos años más tarde, más o menos, después de pasar por otra emisora, estrené mi ópera prima sobre papel en la tercera página de un diario local. No existían los llamados digitales que, etimológicamente, también proviene de digitus (dedo). Era el 14 de mayo de 1986. Su título: Los nuevos gilis. Naturalmente, su contenido estaba referido a las nuevas formas políticas del momento y, primordialmente, al advenimiento simultaneo de atuendos, de formas de vestir los cuerpos serranos de los recientes padres de la Patria; de su evolución de ropajes a partir de la multitudinaria entrada en la Carrera de San Jerónimo. Si, en el palacio con leones guardeses a la entrada, construido sobre lo que había sido solar del Convento del Espíritu Santo. Eran momentos históricos. Creo que por tercera vez, la pana, olvidada en el hemiciclo, hacia acto de presencia en la casa de todos: el Congreso de los Diputados. El rústico paño de algodón, especie de imitación al terciopelo, solamente lo utilizaban agricultores, artistas emuladores de sus colegas parisinos, ciertos siquiatras un poco idos y personal snob de alta alcurnia. Pero, verdaderamente, quienes pusieron de moda la pana color café con leche, fueron los políticos de la divine gauche. En competencia, los jerséis con cremallera tejidos a base de primor y cariño por la esposa de un carismático congresista-sindicalista. Mas, la pana arrasó durante algún espacio de tiempo. Después, tímidamente, fueron infiltrándose trajes hechos a medida, conjuntos de chaqueta y pantalón de El Corte Inglés, que más tarde fueron sustituidos por ternos de Armani, Carolina Herrera, Karl Lagerfeld, Galliano y otros modistos y diseñadoras de fama internacional.

Pasó el tiempo y algunas avispadas empresas de confección se inventaron eslogan como: «La arruga es bella», «Viste como quieras», y una larga incitación de consejos comerciales para que cada cual se adornara con los más dispares o disparatados atuendos, entre los que se encontraban los étnicos. ¡Qué vamos a hacerle! C’est la vie, mon ami.

Y, como la historia es así, amigo mío, (los anales se repiten) no entiendo bien la algarabía montada en torno al pelo rasta que peina alguna reciente Señoría; no es más que una antigua moda en los rastafaris y tribus lejanas. O urbanas al lado de su casa. Las enmarañadas etnias saben mucho de exportación. También se enseñorean con profusión camisetas de colores vivos o desvaídos, vaqueros y zapatillas deportivas. En fin, los mismos atuendos con los que se toman birras, gin tonic o cubatas en Casa Manolo . Pero tal equiparación no es válida en este caso. El templo político de todos los españoles no es Casa Manolo , aunque también sirvan gin tonic. Visto desde otro aspecto, con camiseta o traje de Armani, sus portadores han sido elegidos democráticamente, según dicen.

En mi elemental opinión habría que contemplar los conceptos ética y estética. La estética, históricamente se transforma, es relativa según el momento. Subjetiva. La ética es, o debe ser inmutable, como valor anejo a los seres humanos que puedan preciarse de serlo.

Hablando nuevamente de estética, existe un refrán español que viene muy a cuento: «Donde fueres, haz lo que vieres». O sea.

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