TRIBUNA
Los pendones (de Castrotierra) y la política
E n tiempos pasados, fui un par de veces a Castrotierra, donde la Virgen morena, astur-romana, matrona sonriente y querida, espera en mayestático silencio la visita de sus devotos.
Fue con ocasión de sequía. Los ocho Procuradores de la Tierra —institución centenaria—, habían votado a la virgen, la trajeron hasta la catedral maragata, y tras la novena y el retorno a su santuario, pacientes esperarían a que las primeras gotas de lluvia golpearan con fuerza trigales en ciernes y ralos sardonales sedientos.
Las calles de Astorga, caminos, veredas y atajos eran mareas de caminantes, ligeros, enfervorizados tras su pendón —inhiesto, vistoso y enigmático—, llevado en volandas por los fornidos músculos del mozo pendonista y la habilidad del remador que lo iba guiando, esquivando rachas de viento y cenizos matojos, emitiendo misteriosos y ancestrales gritos y fieros palabros de antiguas contiendas. El ondear multicolor de los casi veinte pendones, los brillos de la seda, la magia del equilibrio, filigranas y malabarismos, hacían la delicia de cientos de alocados seguidores que no querían mezclarse con las huestes de otros pueblos vecinos, también portadores esquivos de su propio pendón.
No puedo por menos que hacer un inciso en mi relato, porque tras las elecciones prenavideñas, pude deleitarme recordando aquellos viajes a Castrotierra, viendo a los líderes, ganadores y perdedores, augurando los mejores resultados de su original, única y enjundiosa oferta electoral.
Eran todos ellos gentes de la mejor y más atractiva —rancia y nueva—, casta política. El pueblo, en calles, sedes y casas, enloquecía con tamaño malabarismo, colorismo, mesianismo, gregarismo, servilismo, caciquismo, favoritismo, prebendismo, toda una ruin romería fantasmal de tiempos pasados, que dicen algunos, aunque a muchos se nos antojan todavía como muy de actualidad.
Tras la abigarrada procesión —regreso a mi relato—, se arriaron los pendones, se acomodaron los pendonistas, tiraron de bandolera y de bota y se dispusieron a contar sus éxitos mientras devoraban todo lo que a su alcance caía. ¡Somos la leche!, se felicitaron.
¿A que fui el que mejor lo bailó?, alardeaba el pendonista estrujando la bota en el aire. Dicen que ese tal Pedro Sánchez tiene la mitad del PSOE en el bolsillo, farfulló burlón el remador. Primo, ¿cómo coños hay que decirte que aquí de política no se habla?, le corrigió el pendonista mayor de Nistal.
A su lado, en lugares más recónditos se acomodaron también las gentes sencillas. Escuchaban, callaban y comían.
De pronto, una octogenaria abuela, sacó a relucir piadosos tiempos de juventud, y de nuevo el pendonista tuvo que intervenir, y sólo a regañadientes doblegó en sus fervorosos clamores a la señora María de las Nieves, antigua sacristana de san Bartolo.
A media tarde, la retirada fue forzosa, porque la lluvia, por tanto tiempo esperada, rezada, procesionada y pendoneada, no fue ni bienvenida, ni bien recibida, por ser tan tempestuosa e intempestiva, al caer tan fuera de lugar y tiempo.
Pendonistas y remadores recogieron sus pendones y cargando con ellos, en medio del aguacero, emprendieron la retirada de una fiesta deslucida. Como culebras enceladas, rayos zigzagueantes y avinagrados, coincidían con las carreras, paralizando a los que en desbandada huían, mientras estruendosos y prolongados truenos, recorrían de punta a punta la agradecida y paciente Valduerna.
Con cielo tan oscurecido, la gente, desorientada, confundida, en vano corría sofocada en busca de su pendón en medio de aquel bíblico diluvio en el que nadie se entendía, nadie daba explicaciones, ni esperas, ni pactos de educado, cívico y solidario ceda el paso, ¡comparte tu paraguas, compañero!, abriéndose cada cual su propio atajo entre el lodo de los caminos, y el cierzo cruzado y frío. ¡Con la que está cayendo, deberíamos ir juntos!, imploraba un ciudadano de Requejo. ¿Crees que podemos mezclarnos? ¿Acaso no sabes que vamos en direcciones contrarias?, le apostillaba eufórico PePe, el pertiguero de la catedral.
¡Esto es como las elecciones!, iba proclamando un vocinglero, cargado de razón y de un fuerte hálito espiritoso, agitando una simple pendoneta, sucia, oscura y empapada: ¡La hemos hecho buena, aquí no hay Dios que se entienda! ¡Con este cabreo, ni cumplir con el voto podemos! Todos buscaban su pendón, querían sentirse identificados, reconocidos, incluidos y apoyados, pero nadie quería preguntar ni cómo, dónde, ni cuándo, ni siquiera escuchar, ni concertar, ni negociar con nadie, ni a porfía consentir que subiera a la camioneta el humilde y empapado rival, ciudadano remador de pendonista de un pueblo forastero.
¡Las cosas así, ni son, ni valen! ¡Qué falta de seriedad, no podemos seguir así! ¡P’a bien ser, esto habría que repetirlo!, se lamentaba y proclamaba solemne el vocinglero, persignándose y mirando al cielo.