Diario de León
Publicado por
antonio manilla
León

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Hay estudios que sostienen que la forma de leer a salto de mata en internet está cambiando no ya nuestra forma de procesar la información sino también nuestro modo de pensar. Frases cortas e ideas cortas. Píldoras de conocimiento. Citas. A eso acabaría reduciéndose el bagaje de un hipotético lector en exclusiva de contenidos en red, lo que tampoco está mal del todo pues es bastante más que lo que poseen algunos de esos tertulianos u opinalotodos que nos echan por la tele.

No recuerdo quién dijo que, tras crearse las exposiciones para perros, vendría la creación de perros para exposiciones. Algo así está ocurriendo ahora. Después de la aparición de ese prodigioso escaparate para la cultura que es la red, está surgiendo la cultura para el escaparate, que por ahora no merece mucha admiración. El mundo de los cánones, el corta y pega, los «apréndalo en cuatro días», ha dado paso a los contenidos para la red, algo así como una sopa interactiva donde un enlace vale más que mil imágenes. Todo viene del desprestigio de la cultura sobre el que lúcidamente han ensayado desde Finkielkraut a Vargas Llosa o Muñoz Molina, pero es obvio que lo cultural —incluso separado del entretenimiento— aún genera cierto interés. Puede que ya no arrope, pero todavía viste.

Google o Wiki, seamos realistas, no ofrecen nada que no estuviera contenido, mejor y más hermosamente, en una enciclopedia, salvo la inmediatez de la consulta. El internauta cree acceder al vértigo de la cultura a través de un clic cuando nada más recibe el mareo de la información, y eso si consulta fuentes contrastadas. Pocas hay en la red que no estén animadas por alguna razón oculta, que va desde la publicidad al fraude, o tan pública como una vasta ignorancia. Da igual. La cultura libresca desfallece aparentemente ante la digital.

La cultura tradicional, frente a la cultura rápida: una carne caminada ante una engordada en establo, una bebida varias veces destilada frente a otra con inyección de burbujas. Parece el signo de los tiempos: así como hemos aceptado la comida basura, estamos en el trance de ver la apoteosis del oxímoron de la «cultura urgente». Aunque ahora las hamburgueserías se hagan llamar restaurantes, confiemos en que por mucho tiempo sigan conviviendo en alegre francachela con ellas chefs gourmets y cocinas de la abuela, platos de autor y figones de antigua y lenta astucia.

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