flores del mal gonzalo ugidos
Economistas y otros titiriteros
L a política es —debería ser— un oficio del alma; la economía no tiene corazón, sobre todo cuando es macro y convierte a la gente en un cero a la izquierda, en títeres manejados por la mano invisible de los mercados. Hemos vivido cuatro años enfermos de economía, los economistas han sido los grandes productores de discursos, proveedores de argumentarios y justificadores de lo que había que hacer o dejar de hacer. Ni los errores en sus previsiones, ni los efectos perversos de sus fórmulas los bajaron del carro; pero han tumbado a Rajoy, que lo fio todo a esos gurús como el molt miserable Pujol a su vidente Adelina. Lo que hemos aprendido de la crisis es que el poder corrompe menos de lo que deshumaniza.
Mientras el gobierno vendía como un bálsamo de Fierabrás para todos los males los recetarios económicos del pensamiento único, se crecían los púnicos, arreciaban la desigualdad y la vulnerabilidad, se nos comía la deuda y se devaluaba el valor del trabajo y de las pensiones de los trabajadores. Todos esos males son políticos y solo la política puede curarlos. Por eso llegó el comandante Pablo Iglesias y mandó parar. Con él volvió la política, una versión agresiva y tremendista de la política, más de exabrupto que de finezza, más de circo que de Parlamento; pero política. Mientras los políticos de Podemos proponían sus remedios tropicales, los políticos del foro hacían mutis por el ídem y delegaban la gobernanza en expertos que solo entienden de economía, y ni de eso, porque ya dijo Fukuyama que poco saben de economía quienes sólo saben de economía.
El conocimiento experto del economista es importante, desde luego, y puede aconsejar al gobierno en su calidad de experto sobre los costes económicos de una decisión política, pero no sobre la decisión misma, que responde a criterios de opinión y no de verdad científica. En lo que respecta a las decisiones políticas, la opinión de los expertos es una opinión inexperta, tan inexperta como la del titiritero o la del premio Nobel de Química. Por eso, lo que se ha dado en llamar «pensamiento único», el mainstream de las doctrinas económicas, nos metió primero en el espejismo, después en la ciénaga y, finalmente, en el laberinto. Tarde ha aprendido Rajoy que hay más cosas entre el cielo y la tierra que las que sospechan sus economistas.
Tarde ha aprendido que es la política, no la economía, la que puede canalizar el miedo, las frustraciones y las aspiraciones de la gente. La buena política, claro, que contra lo que cree Pablo Iglesias se parece más a una partida de ajedrez que a un teatro de guiñol, que acaba siempre haciendo pis en lo más barrido y a garrotazos contra el juez y el policía. Son las reglas de ese género.