El partido soy yo
En este panorama lleno de dislates de toda índole e intenciones, aparece en escena, una vez más —mejor calladito, señor—, un político de los calificados como de «alto copete» —me gustaría saber qué alcance tiene denominación de semejante calado— para decir que «la gente de la calle no está capacitada para entender qué está sucediendo». Después de pedir el voto, nos llama tontos. Sí, señor político de alto copete, el pueblo soberano entiende muy bien qué sucede, a lo que se ve mejor que usted mismo, cegado por la soberbia de su condición —esperamos que muy pasajera—, no, al parecer, por otras dotes alejadas del desprecio del que hace gala. Porque el pueblo soberano sabe muy bien que lo que están haciendo no es política en su acepción más noble, sino politiquilla de basura, politiquilla en el caladero de las ambiciones ruines. Me enervan sujetos de esta índole sobre todo porque gobiernan, o representan, nuestros destinos. Es una tristeza estar gobernados, o representados, por corruptos —activos o pasivos— o por tontos. Son pocos, es verdad, los suficientes como para estar preocupados. Necesitamos sensatez y ponderación, con el claro convencimiento de que la política ni imprime carácter ni tiene el talismán mágico de la interpretación de todas y cada una de las claves de lo que sucede. Suelen ser estos los que entienden la política como negocio.
Se acentúa esta sensación en el mercado confuso de la formación de nuevo gobierno. No pocos barones, baronesas, exministros, expresidentes, excandidatos y demás ralea salen a la palestra a opinar excátedra, poniendo palos a todas las ruedas que circulan y engolando la voz con tonos apocalípticos. Claro que tienen derecho a opinar, faltaría más, pero con el debido respeto y desde la idea de la construcción, no desde la soberbia, el dogmatismo, los solapados requerimientos de los mercados y sus prebendas y el anuncio del diluvio universal. Más teniendo en cuenta que algunos ejercen lo que critican y otros no fueron modelos de gestión, ácidos incluso con quienes la pusieron en tela de juicio. A veces el silencio es una gran virtud, que hablar sin saber con precisión hasta dónde llega el poder y el daño de las palabras no solo no aporta luz, sino que nos puede convertir en adalides de la confusión. Por no decir maestros del rito de la conspiración, quizá asentados en el mantenimiento del status quo que posiblemente les vaya muy bien.
Cuando oigo hablar en este tono, pienso en quienes se autoproclaman guardianes de la esencia de las ideas. «El partido soy yo», parecen decir. El resto, pobrecitos, excluidos. Me recuerda, inevitablemente, la frase atribuida a Luis VIV, «L’État c’est moi», símbolo del absolutismo, o «La ética del estado soy yo», de Mussolini, dos ejemplares poco edificantes. Estos de ahora parecen tener prisa por redactar notas necrológicas. El tiempo lo dirá. Sería una verdadera pena.