Diario de León
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PANORAMA fernando jáuregui
León

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V aya por Dios: tanto tiempo insistiendo en que las negociaciones debían ser con papeles y programas, y no sobre personas y sillones, y ahora que llegan los dichosos papeles, resulta que se convierten más en arma arrojadiza, en problema, que en solución. Papeles mojados, que sirven para que Rajoy advierta de que en el de Sánchez no hay nada sobre cómo arreglar lo de Cataluña, y los socialistas digan que la papela de Rajoy es un conjunto de generalidades que ni siquiera contempla las reformas más básicas, como la constitucional o la electoral.

Cierto que poco ayuda a un clima de concordia (que, para colmo, no se busca) el estallido de la tormenta perfecta bajo la que nos encontramos, y encima sin paraguas: los casos de corrupción saltan sobre el cuerpo exangüe del PP como liebres incontroladas.

En medio de esta ‘tormenta’, que afecta a los partidos y a las instituciones, van y se (des)encuentran el jefe del Gobierno (en funciones) y el líder de la oposición (en funciones). Precisamente un 12 de febrero, cuando los viejos del lugar recordamos el ‘espíritu’ que animó esta fecha, pero en 1974, cuando el último presidente del Gobierno de Franco lanzó a los aires un programa reformista que intentaba perpetuarle a él al frente de un Régimen que se moría a chorros con el dictador. Salvando todas las distancias —porque Rajoy es un demócrata y Arias Navarro era todo lo contrario, y Rajoy es persona estimable y el ‘carnicerito de Málaga’ no—, me temo que la situación es similar: cuanto más insista Rajoy en permanecer, más daño hará a una recuperación global, casi a una refundación del PP. Insistir en presentar papeles (programas) algo desvaídos para contrarrestar los papeles (programas) algo menos desvaídos y más sólidos, pero demasiado genéricos, que aporta la oposición, puede ser tarea obligada, pero de nada va a valer si no va acompañada de gestos dramáticos, teatrales en un sentido positivo. Rajoy tiene que ceder el paso a otra persona en el PP, y en el PP, donde no lo dicen, lo saben. Como lo sabía el entorno de Arias Navarro: el cambio saldrá bien o mal, pero es inevitable. El PP tendrá ochocientos mil militantes, una sólida implantación territorial y siete millones y pico de votos, pero es un gigante con los pies de barro que necesita una regeneración como la copa de un pino.

Incluso ya es tarde para lo sustancial, que debería haber sido que Sánchez hubiese negociado un acuerdo ‘de gran coalición’ con el PP, pero con un ‘nuevo’ PP. Como decía un diario digital ayer, la Guardia Civil, desmontando unas cuantas tramas corruptas, ha acabado con las posibilidades de que Rajoy se mantenga, con pactos o mediante unas nuevas elecciones, al frente del Gobierno. Así que algo nuevo habrá que hacer, algo más que un intercambio educado de papeles empapados, tanto en el PP como, faltaría más, en el PSOE.

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