TRIBUNA
De progres y otras tribus

D esde que tengo uso de razón, insistentemente, vengo leyendo, oyendo repetidamente la palabra progreso y todos sus incontables sinónimos. La Humanidad, tanto intelectual como técnicamente, se ha dedicado a luchar por conseguir el obligado desarrollo y bienestar para coetáneos y descendientes. ¡Bien por la Humanidad!, aunque cada varias centurias, precisamente cuando el crecimiento había alcanzado la cima (o así lo pensaban), aparecían en el horizonte unos seres que se dio en llamar «bárbaros» y… vuelta a empezar, o vuelta la burra al trigo. ¿A cuántas civilizaciones se llevó el demonio, en forma de gentes fieras? No llegan los dedos de manos y pies para contarlas. Destruían todo lo que se tenía en pie o pensaba, normalmente por razones territoriales y políticas, revestidas éstas, en ocasiones, con hábitos de la curia. Pasado el tornado, «vuelta la mula al maizal»; sembrar de nuevo lo quemado; levantar otra vez ladrillos a lo majadero, hasta que llegasen otros bárbaros con teas y máquinas de guerra infernales. Como saben, decía Groucho Marx: «La política es el arte de buscar problemas, encontrarlos, hacer un diagnóstico falso y aplicar después los remedios equivocados». Ingenioso y veraz el actor-guionista-pensador. Toda esta introducción, claro está, me trae a la mente las últimas revoluciones. Cercana, la ídem Industrial. De antes de ayer, la Revolución Francesa propiciando el progreso de mi vieja Europa.
Así que, desde esta reflexión, me llega el concepto «progre» tantas veces repetido. No tiene nada que ver con el progreso, mas, hay que tenerlo en cuenta. Es palabra ambigua, pero, obligado es sacarla a relucir cumpliendo con el título de la Tribuna. Me refiero a su acepción, en algún caso peyorativa, y muy escuchada insistentemente en mis años de primera juventud. Y hoy mismo. El progre madrileño, leonés, o gijonés, era un ser poco operativo que utilizaba el desaliño en sus vestimentas (de guardarropía), leía o presumía leer lo underground, y se pasaba la vida por los tabernáculos de Malasaña, Barrio Húmedo, Cimadevilla y otros parajes tan calientes y empapados como el nuestro. Arreglaban el mundo cruel criticando a la burguesía y haciendo loas al señor Marx, don Carlos. Y por aquellos barrios siguen con el mismo evangelio, hoy demodé. Con muchos más años pero inamovibles. Eternamente estériles. Sin mojarse demasiado. Arreglando el mundo cruel sin haber dado un palo al agua; sin analizar que los que tildaban de burgueses habían llegado a esta tierra con un carro tirado por mulas, portando telas y otras mercancías para comerciar; que algunos triunfaron a base de austeridad personal; que dieron trabajo a decenas o centenares de trabajadores (aun pagando bajos salarios, como ahora); que, pasados 30 o 40 años, construyeron los edificios más emblemáticos de la ciudad. Ellos sí eran progresistas, que no «progres». Sin dar un ruido. Trabajando. No proclamando consignas por vinaterías y cafetines. Progresista es el empresario (pocos) que en estos tiempos de crisis no acude al socorrido ERE para huir de la quema: retira fondos de su peculio particular para pagar los sueldos de los empleados. Progresista es el ama de casa que, haciendo milagros, con su precario sueldo tipo griego, consigue sacar adelante a su familia. Mientras, los «progres» que no han conseguido entrar en política, siguen con su dolce far niente. Baldíos.