Diario de León
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flores del mal gonzalo ugidos
León

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A ntes de irse a las Cruzadas, Felipe Augusto empezó la construcción de un muro de contención en la orilla derecha del Sena; pero hizo algo más que no duró menos. Reguló la regencia inspirado en un principio que sigue vigente casi un milenio después: el fraccionamiento del poder es la mejor manera de impedir su abuso. Hábilmente repartió los diversos poderes —legislativo, represivo, administrativo y financiero—, para que se controlaran unos a otros; la justicia real, símbolo del poder supremo, se la confió al pueblo, representado por seis burgueses de París. A ese sistema de  contrapesos institucionales la teoría política lo llama checks and balances, y es la prueba del algodón de la calidad de una democracia. Vigilante y vigilado no pueden ser el mismo, y sobre eso no hay nada más que decir.

En Todo lo que era sólido Muñoz Molina analiza las décadas anteriores a la crisis, cuando todo lo que parecía sólido ya empezaba a desvanecerse en el aire. Ese libro de instrucción cívica para tiempos de desolación evoca una época de excesos que ahora nos avergüenzan, pero que entonces veíamos con el orgullo del nuevo rico. Muñoz Molina detecta el manadero de todos nuestros males en la abolición del cuerpo estatal de interventores, en la instauración del capricho sin tasa de los políticos y en la voladura de los checks and balances, que proscriben poner a la zorra a guardar el gallinero.

En aquellos años Alfonso Guerra decretó la muerte de Montesquieu —y de cualquier resistencia al mangoneo— con una fórmula apodíctica: «El que se mueva no sale en la foto». De aquellos huevos, estas culebras. Pero vivir es ver volver y los mismos que hacen una enmienda a la totalidad de aquel desbarajuste, los mismos que han entrado en los palacios enmoquetados del poder por la grieta del descontento, vuelven a postular, y en mayores dosis, lo mismo que nos envileció.

El documento adolescente de Podemos para la formación de un gobierno de izquierdas incluye romper el principio de igualdad creando ciudadanías desiguales; pero, además, propone un intervencionismo coreano. ¿Qué, si no, es ese monstruo esdrújulo llamado Secretaría de Estado para la Lucha Contra la Corrupción? No hace falta ser Tocqueville para saber que ningún Gobierno democrático puede fiscalizarse a sí mismo, para eso están la oposición, la opinión pública y, desde luego, los jueces. Cosa que ya sabía un rey medieval como Felipe Augusto. En el mantillo de la crisis brotó la flor de Podemos que, como la del almendro, es bella pero da frutos amargos. La propuesta de Iglesias para formar gobierno con Pedro Sánchez es como aquella disyuntiva fatal de Chamfort: «O eres mi hermano o te mato». A ver qué elige Pedro.

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