TRIBUNA
Cuidado con la puerta

E l acoso escolar, como otras lindezas de una sociedad demasiado permisiva, que confunde libertad con libertinaje, se ha puesto de moda. No vamos a decir que los niños —y niñas, por supuesto, pero mucho menos— no se pegaran o se insultaran en los colegios del pasado; desde luego que lo hacían porque, contrariamente al pensamiento del «buen salvaje» que defendía Rousseau, los hombres, no por maldad, simplemente por supervivencia, llevan consigo el gusto por la violencia, que en algunos casos puede defender su vida y en otros, por degeneración de la ley del más fuerte, puede llevar a ataques por el mero placer de machacar al débil. Y cuando aparece ese ser depravado, una corte de estúpidos lo siguen, ya sea por miedo o por el gusto de pertenecer al grupo de los fornidos y desafiantes fantoches, que cubren sus carencias con estallidos de furor siempre dirigidos al más enclenque y frágil, buscando su diversión en actos de sadismo que amargan la vida de sus víctimas.
Quizá los sabios y estudiosos que aún dudan de la existencia de guerras anteriores al Neolítico, deberían echar un vistazo a su entorno y llegar a la conclusión, recogida del pasado y popularizada por Thomas Hobbes, de que «el hombre es un lobo para el hombre».
Hace días leía en la prensa un artículo en el que algunos de estos eruditos se asombraban de haber hallado la evidencia de una gran matanza en Kenia, cerca del lago Turkama, que podría datar de hace diez mil años. Al parecer, según comentaba dicho artículo, personajes de la categoría de John Keegan, contemporáneo nuestro, pues falleció en 2012, aún dudaban. Afirman que «sin estado constituido no puede haber guerra». ¿Cuántos individuos han de participar en una contienda para llamarla guerra? ¿Es que hay un número establecido y si no se alcanza deberíamos llamarla refriega, escaramuza, o tal vez acoso escolar?
¿Ese «estado constituido» también habría de contar con una cantidad determinada de individuos o quizá bastase la unión de unos pocos cazadores-recolectores, anteriores por supuesto al Neolítico, para organizar una guerra contra alguno de su vecinos, quienes, poco considerados ellos, entraban en sus territorios de caza porque ahí se encontraban las mejores piezas, o en un descuido de algunas de sus mujeres se las llevaban, porque parir es peligroso y temían quedarse sin sacos reproductores, lo que conduciría al descenso de su población y al aumento del peligro de que algún otro clan los hicieran desaparecer con una pequeña guerra?
Seguramente esos especialistas contarán con muchos más datos que el simple sentido común de los ignorantes que nos atrevemos a poner en cuestión sus tesis, pero nosotros, los que no sabemos, miramos alrededor y vemos a algunos jóvenes organizarse en bandas, para luchar encarnizadamente entre ellos por alguna tontería que se ha inventado, ya que hoy en día, gracias sean dadas a la evolución normal de Occidente, que no a sus avispados políticos, no es necesario luchar por las mejores piezas de caza o por poseer un numero determinado de hembras que aseguren la pervivencia del clan.
Sí, los hombres somos así. Y no es maldad, es, como ya dije, supervivencia. Y esas guerras pueden hacerse involucrando cientos de miles de hombres, como en nuestras sonadas contiendas mundiales, o a un pequeño grupúsculo compuesto por un descerebrado al que siguen media docena de idiotas. Y no podremos llamarlo guerra, pero sus víctimas sufren y mueren igual y si esta época nuestra presume de «no violencia» -cosa que a todas luces es falso- deberían tomarse muy en serio esas «peleas de adolescentes» o ese acoso al más débil, que ya se anuncia en las guarderías, porque no estamos ante una «chorrada», como dijo alguien hace poco, estamos ante la manifestación de ese otro YO que todos llevamos dentro y al que hay que controlar para que la sociedad pueda salir adelante.
Ninguna forma de agresión debe pasarse por alto, por pequeña y sin consecuencias que pueda parecer. Nuestros jóvenes, criados en la complacencia y la permisividad, han de entender que hay normas —o «rayas rojas, como estamos hartos de oír ahora— que nunca deben cruzarse porque una vez abierta la puerta de la furia, los desmanes pueden volverse incontrolables y pasar de ordenar a una chica que se vista «decentemente», a propinarle una paliza porque saludó en la calle a un vecino, o a matarla, simplemente, porque no se pliega a nuestros caprichos.
Todas, digan lo que digan los expertos, son formas de guerra y están en nuestros genes y solo esperan la puerta que las permita salir. No existe el «buen salvaje», solo hombres que han aprendido a controlar ese impulso y a los que solemos llamar «buenos», y esos otros que no solamente no lo controlan sino que se enfangan en él porque los instintos son poderosos y placenteros.
¿Qué ocurre en los casos en los que se desata una guerra? Volvemos la vista al pasado o la dirigimos a algunos puntos del planeta en que eso esté ocurriendo y podemos ver a hombres -suelen ser los varones los más involucrados en las contiendas- que hasta que empuñaron el fusil fueron hijos o padres cariñosos; luego, el peso del arma en su mano abre la puerta y el placer del mal los arrastra y el dolor ajeno los estimula y olvidan que fueron hombres y se convierten en bestias.
La puerta. Nunca olvidemos mantener cerrada la puerta.