Las farolas deleznables
D eja de lado esos artículos de altos vuelos que te marcas, me dice un amigo, y baja a la tierra de los problemas que la gente tiene en esta ciudad. ¿Cómo cuáles?, le pregunto y mientras me lanza una bola de humo —porque este amigo fuma—, me señala un paso de cebra y con voz rotunda, agrega: ahí debería haber una farola. Yo lo miro sin comprender, pero antes de que pregunte nada me aclara que en ese lugar se requiere un dispositivo que ilumine bien el paso de cebra, porque ya le han estado a punto de atropellar varias veces, la última esta misma mañana, camino del trabajo. Y mientras se explaya en la cantidad de leoneses que al cabo del año ruedan por los pasos de cebra embestidos por los coches, me pongo a pensar que sí, que tiene razón, que como conductor hay muchas ocasiones (especialmente si llueve o es de noche) que no veo el peatón hasta que casi lo tengo encima y que yo mismo, cerca del Colegio Quevedo, fui embestido por un joven que, echándose las manos a la cabeza, me juró por sus muertos (menos mal que no fue por los míos) que no me había visto. A estas alturas mi amigo ha tomado carrerilla y me habla de zonas de la ciudad, como Eras de Renueva, donde las farolas parecen perchas siniestras de tan altas como son y de tan poco que iluminan, y me vienen a la memoria un par de atropellos, el último la semana pasada, en un barrio donde cazar peatones es una especie de actividad cinegética de carácter urbano. Incluso un vecino que iba en silla de ruedas, recuerdo ahora, salió volando por los aires en la rotonda de la Junta. Entre las causas, pienso, también está la forma de desenvolverse en esta capital, esos energúmenos con el conocido síndrome de fitipaldi, los ancianos cojos que atraviesan la calzada por lugares inverosímiles y algunos ciclistas que olvidan que no son peatones, sino usuarios de un vehículo de dos ruedas. En fin, mi amigo está realmente molesto o más bien irritado, y mientras se despacha a gusto contra las autoridades locales, sin ánimo de reprimir su justa indignación, alzo las cejas y le digo con benevolencia: Hombre, a lo mejor es que ese mobiliario es muy caro, ya sabes, y entonces él, envolviéndome en otra nube de humo, clavándome una mirada de reprobación, me suelta: Esa sí que es buena, hombre, ¿cuánto vale entonces la vida de una persona?, ¿hay dinero para museos y palacios, y no para evitar que te atropellen como a un perro? ¡Tú escribe el artículo y pon los puntos sobre las íes!, concluye y como quiera que se está haciendo de noche me despido de él, y al cruzar la calle, mirando a los lados con cierta aprensión, pienso que si logro llegar a casa indemne tendré que hablar, al menos por esta vez, de las dichosas farolas.