TRIBUNA
Pactos, alianzas y contubernios

N o es mi intención hoy escribir sobre política al uso. No soy especialista en politología, aparte de que, a veces, pueden intoxicarme o confundirme bastante las ideas esos señores autodenominados «politólogos», que interpretan su papel en ciertas cadenas de televisión. La última vez que de soslayo lo hice, me sobrevino una collera morbus, conocida vulgarmente como gastroenteritis, que fue un sin vivir. Tengo miedo, pues, a que me aparezca una recidiva casi en convalecencia de la anterior alteración. Sí. Pavor tengo al adenovirus entérico, tal como está el panorama. Principalmente me afecta a regiones intestinales, en la misma proporción que a muchos indígenas patrios, visto lo visto y veremos, tal como se aprecia el panorama. Todo ello proviene de fuentes generalmente bien informadas.
El problema es que ni los médicos encuentran diagnóstico y correspondientes terapias para solucionar esta pandemia provocada por quien usted y yo sabemos. Estoy por asegurar, y aseguro, que se trata de una enfermedad de las llamadas «raras»; un mal producido por agentes externos que, para más inri, todos los votantes hemos impulsado a propagar mediante el costoso dengue del último sufragio. En definitiva, pretendo transmitir lo que percibo (mejor, espío) mientras, disimuladamente, en la calle, miro a las apabardas o, apoyado en una valla de obra admiro las magnas realizaciones de bacheado en la carretera de Carbajal junto con otros colegas en trepidante actividad observante. Se oye de todo con palmaria razón. Mis compañeros-cómplices de clases gratuitas a la intemperie (o bajo la techumbre protectora del bar), deberían ser contratados a jornada completa por aquellas cadenas de televisión aludidas.
En otro orden de asuntos, ¿por qué rasgarnos las vestiduras ante la tardanza en constituir Gobierno? La mayoría de ‘ellos’ no hacen más que trabajar mañana, tarde y noche, tratando de encontrar los pactos y alianzas que convengan más a España, a los españoles. No se trata de intereses personales ni partidarios. Lo único que les interesa es este país y su glorioso imperio interrumpido hace cientos de años: «En España no se pone el sol», que dijo Felipe II. Pero no todo son facilidades. Parafraseando también a nuestro monarca multi viudo: «Yo no mandé a mis barcos para luchar contra los elementos». Y lo que sobran aquí son elementos de distintos signos.
Pero, debemos ejercitarnos con más intensidad en las tres virtudes teologales: fe, esperanza y caridad. Es decir, creer lo que no vemos de momento; confianza en quienes vayan a dirigir nuestros impredecibles destinos, y generosa misericordia para aquellos que, en defensa de su pundonor patriótico, tropezaron al intentar subir al sillón, partiéndose la crisma.
Para finalizar, justo y necesario es, recordar a los elementos que citaba nuestro conocido y mencionado Rey con motivo de la famosa batalla naval contra Inglaterra. Elementos y sujetos, que también los había. La naturaleza (humana) puede ser devastadora. A los pocos segundos de un sol radiante, puede aparecer un tormentón de los de hacer época.