Diario de León

Publicado por
Ara Antón escritora
León

Creado:

Actualizado:

E so era antes. Quizá sea la falta de información, pero en los tan estudiados y cacareados programas de pactos políticos para lograr gobierno, no se ha filtrado, tal vez porque no se haya tocado, el candente asunto de la creciente delincuencia y la obsolescencia de la legislación para atajarla, excepción hecha de la corrupción política. Comprendo que no es un tema atractivo, sobre todo cuando hay «buenismos» que lo deforman, hasta conseguir que el inocente que jamás ha creado un problema no pueda siquiera defenderse o defender lo suyo, porque puede acabar siendo el castigado.

Un individuo, cuando aún no contaba dieciocho años, mata a su padre y a una anciana al más puro estilo del Paleolítico: con una piedra. Más tarde, y aquí ya más modernizado, viola a una sobrina drogándola previamente, conduce borracho, trafica con drogas, tiene decenas de denuncias por allanamiento de morada, interviene constantemente en peleas, insulta, injuria y agrede a cualquiera que se le enfrente o que, simplemente, no le agrade. Eso cuenta la noticia y además nos dice que los vecinos de su pueblo están aterrorizados y que cuando se enteraron de que con diez años había saldado sus cuentas con la Justicia, apoyados incluso por su familia, pidieron que no volviera a su tierra.

Pero volvió. Y su madre —¡Qué no haremos las madres por nuestros hijos!— lo acogió en casa y él se lo pagó enseguida utilizando los medios a los que está acostumbrado y que nadie ha conseguido —o quizá ni siquiera intentado— borrar de su conflictiva, o tal vez enfermiza, personalidad. Penetró en la noche en el cuarto de la anciana y la utilizó para dar salida a sus instintos descontrolados. Cuando la dejó, la pobre mujer no osó siquiera moverse y, aterrada, esperó al amanecer, en que no pudo por menos —y digo esto porque después le costó admitirlo— que contárselo a una hija, que lo denunció ante la Guardia Civil.

Todo eso nos cuenta el diario y está bien porque así los pobres infelices que tengan la desgracia de vivir en su radio de influencia podrán estar preparados si lo ven llegar. Y eso ocurrirá pronto porque el individuo «ha aceptado» —grotesco ¿no?— la pena de dos años más la prohibición de aproximarse a su madre durante tres años y cuatro meses —¿cuatro meses?—, más cuarenta meses de libertad vigilada.

Y ¿eso es todo? ¿Con unos antecedentes semejantes se le despacha con una reprimenda de niño desobediente? ¿Y el sufrimiento de años de esa madre? ¿Y su pisoteada dignidad? ¿Y su absoluta indefensión física e incluso mental, ya que el agresor es su hijo? Quien la ha vejado es aquel bebé regordete y risueño que alimentó a sus pechos, por el que pasó noches en blanco, por el que trabajó y luchó hasta verlo mantenerse en pie. Sí, el mismo al que amó y ama por encima de todo.

Todos sus familiares y convecinos pueden estar tranquilos, pues él, obediente y disciplinado como ha demostrado ser, respetará la sentencia y, de repente, tomará conciencia de sus desmanes y se volverá bueno.

Pero ¿qué demonios le pasa a esta sociedad que no es capaz de ver el peligro aunque lo tenga encima? Esta persona no es un ser sociable. Hay que estudiar las causas que lo convierten en un peligro y ponerle remedio. Tal vez necesite un tratamiento psiquiátrico o puede que un internamiento de por vida —¡Anatema! ¡Anatema!—, pero lo que está claro es que, al menos de momento, como acaba de demostrar, no está en condiciones de convivir, ni siquiera con su desgraciada madre.

Me vienen a la mente los cientos de niños a los que se medica por ser inquietos y molestar a padres y profesores. Seguramente habrá casos en los que esa medicación sea necesaria; en otros, muchos si nos comparamos con Francia, el problema no es del pequeño, sino de su circunstancias, pero los «tranquilizamos» aun a sabiendas de los riesgos que esos productos químicos pueden causar. Y resulta que a este individuo se le permite campar a sus anchas, atacando a su entorno sin ningún freno. ¿Por qué?

Eso no se lo pregunta el periódico, pero yo sí. Y aún más. ¿Para qué sirven las cárceles? ¿Para «almacenar» problemas durante un tiempo y luego soltarlos para que sigan su andadura y perversos instintos? ¿No deberían ser espacios para el estudio, la reflexión, la curación, si ese fuera el caso, y la rehabilitación de unas personas que por una u otra causa, son incompatibles con la vida en sociedad? Si no es así —y desde luego no lo parece— no entiendo los millones que se emplean en el funcionamiento judicial y carcelario.

De cualquier modo, se impone buscar una solución para proteger a los inocentes porque estos también tienen derechos y deben poder hacer uso de su libertad y de su modo de vida, que en ningún caso tendría que verse alterada por los que, como este hombre, han demostrado una y otra vez ser antisociales y peligrosos.

!Ah! ¡Ya! No hay dinero para eso ¿Qué tal si recuperamos unos pocos millones de los agujeros negros que se los tragan de forma insultante, para casos como este u otros parecidos que llenan nuestras cárceles? Otro servicio social más abandonado por unos gobernantes ocupados exclusivamente en sus intereses particulares, que son los únicos que van bien en el país.

Pero también nosotros deberíamos cooperar. Tal vez esos gritos constantes en casa del vecino indican maltrato machista —y lo llamo así porque las otras denominaciones son paños calientes para avestruces—. Es posible que en vez de subir el volumen de la televisión debamos llamar a la policía, aunque tengamos motivos suficientes para callarnos, ya que somos los más indefensos ante la ley o los posibles agresores, que nos conocerán y podrán hacernos pagar nuestra rebelión impunemente. Pero aun así hemos de corregir nuestra parte de culpa. Es posible —solo posible— que si nuestra actitud cambia lo haga también esa parte conflictiva de la sociedad, perdida en el laberinto de sus erróneas creencias, nacidas de sus limitaciones, abandonos y dolores. Y, por mucho que no esté de moda, solo tenemos que mirar alrededor para ver que no se pueden tener un cuerpo y una mente sanos con un espíritu enfermo.

tracking