Diario de León
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flores del mal gonzalo ugidos
León

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L os Ugidos somos una estirpe dispersa, como los judíos. Uno de ellos me escribió desde Buenos Aires para intrigarme con su conjetura de que somos criptojudíos, o lo fueron nuestros trasabuelos. Sostenía mi desconocido primo porteño que el apellido encierra un anagrama cabalístico. Podría ser, porque alterando el orden de las letras de Ujidos, con jota,  da  judíos,  que son el pueblo elegido para tener un libro como patria portátil.  Decía el judío George Steiner que los humanos no tenemos raíces sino piernas para ir de un lado a otro a donde nos convenga. Es una frase propia de una estirpe condenada a la errabundia. Cualquiera que se acerque al cementerio de Laguna de Negrillos comprobará por las epigrafías de las lápidas que, al menos  en esa villa del Páramo, los Ugidos echaron raíces antes de alimentar las raíces  de los cipreses. El apellido es tan recurrente allí como los previsibles Martínez o González. Cosa rara, porque tras consultar la base de datos del INE veo que en toda la provincia de León solo hay 221 personas que lo lleven como primer apellido y 262 como segundo. No parecen demasiados, pero en Madrid solo hay 32 para el primer caso y 60 para el segundo. En Asturias no hay muchos más, una de ellos es la poetisa Silvia Ugidos a la que conocí en Madrid cuando ella quería ser “una mujer de bien, alguien de provecho, valiente, emprendedora, mesurada en las fobias, estable en los afectos, brillante en los estudios, por poner un ejemplo”. Eran otros tiempos. Mejores que estos para la lírica, aunque los poperos de Golpes Bajos sostuvieran lo contrario con  gran éxito de crítica y público.

Desde el Blue Note de Nueva York, la última Nochevieja mandé un tuit con una foto del trompetista Chris Botti y en la misma orilla del East River una mujer encontró mi mensaje en la botella. Era otra Ugidos en Manhattan, me dijo que estaba en Le Parker Meridien disfrutando de la mejor hamburguesa de la ciudad y me invitó a acompañarla. Como fue un aquí-te-pillo-aquí-te-mato y tenía entradas para Broadway, me quedé con las ganas. No tanto de la hamburguesa como de desvirtualizar a mi prima, que es una rubia vitamínica y globetrotter. Lo sé por las fotos de su muro de Facebook. Somos amigos en esa red social, pero nunca nos hemos visto. Para eso sirven las redes sociales, para no verse sin tener por eso que perderse. Acabo de leer un tuit de Eric Jarosinski, dice que cuando nuestros amigos salieron de nuestras vidas se metieron en nuestros teléfonos. Hay otra forma de verlo: hay amigos que están en nuestras vidas solo porque están en nuestro teléfono. Yo divido a los Ugidos entre los que están en el cementerio de Laguna de Negrillos y los que están en mi móvil. Una tercera cosa no se da.

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